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ELIPSIS (Las Mejores de 2006)
Título Original: Elipsis
Crítica de: Sergio Monsalve
Precedida por una curiosa campaña de intriga y por un trailer confuso, la ópera prima de Eduardo Arias-Nath ha irrumpido en la cartelera, para dividir opiniones, entre quienes la defienden y quienes la condenan.
En el primer grupo, podemos destacar algunas ideas generales, vertidas por los fanáticos de Elipsis en los foros de blogacine.com: “es una película valiente, arriesgada y audaz con el mejor guión, fotografía, sonido, música, edición, arte, casting y actuaciones que he visto en la historia del cine venezolano. Además me encantó el ritmo y el estilo que propone Arias-Nath. Me sorprende al ver que es tan sólo su primera película. Un director que no le teme al silencio en pantalla. Bravo”.
En contraposición, el crítico Juan Antonio González ha sabido resumir en pocas palabras, el sentimiento de los opositores de la cinta, al afirmar en su comentario para mipunto.com: “todas las esperanzas que uno, defensor irredento del cine venezolano, siempre abriga ante cualquier nuevo estreno nacional, se evaporaron en los primeros minutos de proyección de Elipsis. Y el origen de esa decepción inicial está, sin equívocos, en un arranque que no logra atrapar la atención del espectador, que no lo subyuga, por la poca credibilidad que transmite y, en especial, por un desempeño actoral poco convincente”.
Así las cosas, cabe proponer una lectura complementaria del film, desde ambas posiciones encontradas, en el sentido de reconocer los méritos de la obra sin eludir el compromiso de reparar en sus evidentes fallas. De tal modo, celebramos, en principio, el esfuerzo de producción, aunado a la impecable dirección de fotografía, a cargo del aventajado Alejandro Wiedemann.
En el apartado interpretativo, sobresalen de largo los secundarios de Angélica Aragón, Seu Jorge y Gaby Espino, aunque su pequeño papel sea tan prescindible y olvidable como la irrelevante intervención de Cristina Dieckman, por no mencionar los demás cameos con tintes de anuncio publicitario.
Elipsis demuestra los pro y los contra del uso y el abuso del star system, como gancho comercial. Finalmente la socorrida omnipresencia de Edgar Ramírez en el cine nacional, parece haber llegado al límite del agotamiento, tras el estreno de varias criolladas al hilo. Por eso, un descansito no le caería nada mal, si quiere seguir mantiendo su imagen en alto.
De la amateur y sobrevalorada Marisa Román, sólo queda por recomendarle estudio y más estudio. Sobre los actores colombianos de telenovela, mejor ni hablar. De resto, participaciones como las de Osmán Aray le restan legitimidad al asunto.
En cuanto al guión, despunta el atravimiento del joven escritor por construir una historia no lineal, irrespetando nuestras convenciones dramáticas a la manera de 21 Gramos y a diferencia de la estructura cronológica de Francisco de Miranda. Los planos temporales de la cinta se superponen unos a otros, en forma de pequeñas muñecas rusas, cuyos contenidos debemos descubrir para poder entender el sentido global de la trama.
Por desgracia, la conclusión de la intriga se hace predecible a medida que transcurre el metraje, mientras el carácter literario de los parlamentos tampoco ayuda, muy a pesar de la inclusión de ciertas muletillas que intentan compensar el peso retórico del libreto.
Un puñado de groserías, en español y en inglés, no son suficientes para contrarrestar el tono solemne del discurso oficial, cargado de explicaciones innecesarias y dialógos inverosímiles, como el del protagonista con la dueña de la galería, antes de robarla. Prácticamente faltó que ella le entregase a él una copia de las llaves del local.
Por el lado de la estética, aplaudimos los acertados movimientos de cámara, al tiempo que lamentamos la acartonada puesta en escena, demasiado artificial para ser creíble. Verbigracia, la aludida secuencia del inicio, con los policías tiesos rociados con sudor de mentira. Algo similar al imposible maquillaje de Sebastián, después de sufrir su quemadura de cuarto grado en la frente. Lo que desata una incontenible fuente de humor involuntario. Ver a Cacique con un tercer ojo no está nada fácil.
Por último viene el asunto del trasfondo y la discusión en torno al problema del referente. Elipsis ha elegido, válidamente, apartarse de nuestro habitual contexto de vagos y maleantes, para situarse en el terreno que mejor conoce su director, el de la clase media alta, con todas sus bondades y defectos. De entrada, una decisión honesta, más allá de los obvios paralelismos con el mundo frívolo y plástico del culebrón latinoamericano, un género de muchos espacios ensimismados y lugares carentes de identidad, sin conexión con la realidad circundante.
En un entorno de diseño y de falsa prosperidad, el largometraje tiene el mérito de querer decir cosas importantes sobre el discreto encanto de la burguesía caraqueña. Arias-Nath mira con ironía, fascinación, recelo y desazón a su generación de relevo, bajo la promesa de descender con ella hasta los infiernos de la droga, el fracaso, la desesperación y el espejismo del éxito. Sin embargo y al final del trayecto, apenas terminamos por conocer las puertas del abismo, tras la obligatoria salvación de los personajes en un agridulce happy end.
Ello es consecuente con la pacata y débil resolución del conflicto homosexual de Galo, incapaz de traspasar las fronteras del estereotipo. El antecedente de El secreto de la montaña (Brokeback Mountain) no lo favorece, en tanto la sombra puritana de La mujer de mi hermano lo define.
Aun así, Elipsis abriga la virtud de representar el vacío, la vulnerabilidad y la crisis existencial de una época signada por la superficialidad del fashion, el glamour y el teatro de las apariencias. Por eso, la mejor obra de Sebastián es también el símbolo de su propia decadencia. Desafortunadamente, la película pierde la brillante oportunidad de profundizar en su desgracia, para acabar por rescatarlo ante la derrota del gay, todo en medio de un desenlace caricaturesco, afín al desarrollo epidérmico del conjunto.
Crítica de: Alfonso Molina
NACER, MORIR Y TODO LO DEMÁS El estreno de Elipsis en la cartelera venezolana ha generado una expectativa inusual, pues se trata de la primera producción nacional que ha obtenido el respaldo de 20th Century Fox para su distribución en América Latina. Pero además, es una película que renuncia a la categorización típica de nuestro cine. Yo diría que la ópera prima de Eduardo Arias-Nath se inscribe en una tendencia que comienza a instalarse en la producción latinoamericana, la cual mantiene las características urbanas que le son propias pero ubicadas en los segmentos medios de la sociedad y en sectores de edad que se mueven alrededor de la treintena. No son muchachos, tampoco viejos. Son los que mueven el consumo. Los cines de México, Argentina, Brasil y Chile han adelantado en este sentido en busca de una conexión con ese segmento de los mercados cinematográficos de sus respectivos países. Cosa que no deja de ser inteligente.
Elipsis es una estructura dramática que contrapone las vidas de un famoso actor que disfruta los privilegios —económicos, sexuales, sociales— de su prometedora carrera, Sebastián Castillo, y un desolado diseñador de moda, Galo Vidal, que no encuentra su ruta personal tras la muerte de su pareja homosexual. Ambos son amigos en una urbe latinoamericana que bien podría ser Caracas o Bogotá. Uno y otro tienen mucho en común. También mucho en desacuerdo. Es cuestión de tiempo y evolución. Sus destinos cambiarán y se encontrarán en una situación límite que podría definirse como de vida o muerte. La narración revela varios niveles expresivos en los cuales la aparente confusión constituye una forma de comprensión de los dramas personales.
El film de Arias-Nath se edifica de forma no lineal y propone al espectador la una posición más activa. Su condición multitemporal se revela bien organizada desde el punto de vista guionístico aunque por momentos pueda parecer artificial. Entre el comienzo del relato y su final se introducen personajes y situaciones dramáticas que van alterando el decurso original. El dibujo de los personajes principales —Sebastián y Galo— es definido, preciso, revelador y sus evoluciones son coherentes. Edgar Ramírez y Erich Wildpret trabajan muy bien sus caracteres, los expresan desde adentro, a partir de sus dudas y miedos. Son dos magníficos actores enraizados en personajes contradictorios y complejos. Lo mismo puede decirse del brasileño Seu Jorge, de la mexicana Angélica Aragón, de Luigi Sciamanna en su brevísimo rol o de Rafael Uribe en un papel que determina el curso de la trama.
Lo que no es coherente se halla en algunos personajes y situaciones secundarios que no añaden valor a la trama y que parecieran estar ubicados más como atracción comercial que como parte integral del relato. Obstaculizan el fluir de la narración, prometen un desarrollo posterior que nunca llega, distraen la atención del nervio central del drama.
Elipsis surge como una propuesta personal que concertó varios de los mejores talentos del cine venezolano de hoy. Posee una factura bien pensada y bien desarrollada. La iluminación, el encuadre, la banda sonora, la dirección artística, el elenco y el ritmo del montaje se organizan de manera congruente y equilibrada. Esta ópera prima promete una carrera interesante. Es cuestión de esperar.
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