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Críticas

FÓRMULA 51
Título Original: The 51st State / Formula 51

Crítica de: Sergio Monsalve

Fórmula 51 intenta competir en la misma categoría de Taxi y El Transportador, a cuenta de sobrepasar algunos límites de exceso, rebasados por Tarantino hace varios lustros. Fue manufacturada en el 2001, y llega tres años después a nuestros concesionarios. En los noventa hubiese causado sensación, de no haber existido Pulp Fiction y Trainspoiting. Hoy en día luce como un modelo de segunda mano, sobrevaluado por el mercado de valores.

Como muchas películas “independientes” de última generación, Fórmula 51 fue realizada al margen de los grandes estudios pero no del star system, del espacio geopolítico del primer mundo y de la sombra de la estética meanstream, made in Hollywood.

Su estrategia de marketing, afiche mediante, depende de la imagen de dos estrellas (enanas) del show bussines, resplandecientes en el firmamento de Inglaterra y Norteamérica.

Se trata de una coproducción entre ambos países, saldada como una trepidante comedia de acción a la forma de Guy Ritchie en Snatch. En su metraje contiene altas dosis de speed, mota , L.S.D. y ectasy, sintetizadas en escenas de corte alucinógeno a la velocidad de un viaje de “nieve”, interrumpido por ataques de risa marihuanera.

También cuenta con pandillas multiculturales, chistes étnicos, alusiones a la grasienta gastronomía inglesa, y un sin fin de fórmulas intergénericas, como la budy movie interracial por el estilo de Arma mortal, Malas Compañías y 48 horas.

Más que una película contrahegemónica al juego de la meca, parece un largometraje serie “B” , de presupuesto medio, con pretensiones de cine cosmopolita sin barreras fronterizas de por medio, en honor a los residentes de la aldea global.

De California viajamos en primera a Liverpool, y de allí a los lugares y no lugares del imaginario urbano de Gran Bretaña. De la mano de los protagonistas, visitamos discotecas con música tecno, balcones V.I.P. de estadio de fútbol, aeropuertos, azoteas de edificios proletarios, barrios obreros, bares de hooligans, castillos y galpones, cuyos moradores representan en carne propia el concepto de la palabra estereotipo.

Entre los personajes de la cinta destacan una asesina a sueldo como Nikita, un hincha pelotas mal hablado y políticamente incorrecto como Torrente, un traficante devoto de la nueva era, cual caricatura de Hermes, y un químico productor de drogas duras, con trenzas en el cabello, falda escocesa y espíritu de poder negro, encarnado por el mismo protagonista del remake de Shaft, icono audiovisual del blaxploitation, un subgénero de explotación no pocas veces celebrado por Fórmula 51.

La dirige el cineasta Ronny Yu, oriundo del Hong Kong hiperkinético, cinético y coreográfico de la escuela John Woo, continuamente revisitada por Quentin y los hermanos de Matrix.

Para más señas, Ronny Yu es el director de y Freddy versus Jason, dos joyitas de la cultura de masas, o mejor dicho, de la cultura pop en su fase revisionista, autoreferente, metalingüística, intertextual y antropófaga, que no apocalíptica versus integrada.

Por tratarse de un legítimo representante de la época, este francotirador se ríe del pasado, vuelve trizas los clásicos, fusiona conceptos disímiles, y vive a plenitud la era del significante, sin afligirse demasiado por la muerte de los significados.

Su cine, efectista y circense a partes iguales, no fue pensado para despertar neuronas aletargadas de público pasivo, sino para activar sentidos de audiencia sobreexcitada por medio de estilizados espectáculos acrobáticos en cámara lenta y a todo color, cual duelo sensacionalista de Kill Bill.

En el mismo orden de ideas posmodernas, el autor retoma el melodramático argumento de La novia de Frankenstein, y lo convierte en La novia de Chucky, un esperpento ultragore, plagado de citas, guiños granguiñolescos y antihomenajes a los padres fundadores del terror. En fin, el arte de la sangre, el sudor y las vísceras, llevado hasta sus últimas consecuencias.

Igualmente paródica, autoconsciente de sus miserias y carnicera hasta decir basta, fue su segunda incursión por los predios de la Universal, bajo el temible encargo de resucitar a otro par de monstruos (indestructibles) del estudio: Jason Voorhes de Martes trece y Freddy Krueger de Pesadilla en la Calle del Infierno. Ronny Yu los reanima como si fuesen muertos en vida, los aniquila entre sí y los vuelve a revivir antes del segundo final, para dejar al descubierto los mecanismos de la serie, en una irónica deconstrucción del artificio de la secuela, donde el “continuará” queda garantizado pero sobre todo desmontado como recurso retórico, por medio de indirectas audiovisuales como el guiño del propio Freddy en la última secuencia, anunciándonos su irrevocable eterno retorno en compañía de Jason. En suma, es la pesadilla sin fin de Martes trece: el reconocimiento tragicómico de la invencible hegemonía de la maldad.

Tan transgresora como incondicional a los antihéroes de siempre, resulta siendo Fórmula 51, un elogio de la estafa y el poder de sugestión, como armas de persuasión para negociar por millones lo que no cuesta nada, para traficar caramelos como si fuesen la píldora del amor. Una engañifa, por cierto, similar a la de la misma película, por su facultad para ser mercadeada como pop corn movie o como arte y ensayo, según disponga el postor.

Analogías aparte, la película ofrece un inolvidable contraste entre lo que fue el mundo de la droga en los setenta, un emblema de la contracultura hippie, y lo que es hoy en día, una compleja industria farmacéutica, administrada por mafias internacionales.

Como en Nueve reinas, el guión gira en torno a la compra-venta de un mc guffin, en este caso una fórmula tan falsa como las estampillas de la ópera prima de Fabián Bielinsky.

El empaque visual, por su parte, certifica el estilo del autor, al hacer énfasis en el tiempo suspendido por el ralenti, en el culto por las imágenes estilizadas, y grosso modo, en las intensidades formales y sensuales, definidas por Andrew Darley en su libro Cultura Visual Digital: El énfasis (siguiendo a Susan Sontag en un contexto diferente) si bien varía de un género a otro y dentro de los propios géneros, se pone menos en lo que dicen que en la forma de decirlo. Poco espacio se reserva en estas formas efímeras y semánticamente empobrecidas para la elaboración de sentido por parte del espectador. No exigen espectadores inclinados a la interpretación, o que buscan evocaciones semánticas. La actividad que se fomenta no es de naturaleza esencialmente intelectual, ni reflexiva, ni interpretativa, sino más bien sensual y divertida en diversos sentidos.

En conclusión, Fórmula 51 constituye la alternativa lúdica del Segundo Festival de Cine Independiente USA. Una película liviana para pasar el trago amargo de Elephant.

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