Gran Cine

New York Film Festival | Sábado 03 de octubre 2009
La película "Les herbes folles" de Alan Resnais, presentada en el New York Film Festival, confirma la vitalidad del cineasta francés
La maleza Resnais.
Por: Javier Guerrero, New York University/ Gran Cine

Hay ya una tradición de grandes cineastas franceses que, pese a su avanzada edad, siguen filmando. Godard, Chabrol, Rivette y Resnais son algunos de ellos. Recuerdo todavía cuando en el 2001 tuve la oportunidad de ver a Godard. Presentaba su film en Cannes: Éloge de l'amour. El palais del festival se estremeció al recibir al director de À bout de souffle (Sin aliento). Lloré, por supuesto… El mito cobraba cuerpo, fue como si pudiera presenciar el retorno de mi inconciente fílmico. Este año volví a experimentar este extraño sentimiento. El New York Film Festival decidió inaugurar su edición con la película de Alan Resnais, Les herbes folles, que ya había sido premiada en el Festival de Cannes con el Premio especial del Jurado y un Premio especial a su trayectoria. Aunque no lloré, me puse de pie cuando el director de Hiroshima, mon amour, bastón en mano, entró al auditorio. En mi crónica de la inauguración, adelanté algunas apreciaciones sobre la película pero hay, aún, mucho más por decir.

Como ya comenté, el nuevo film de Resnais es una película de personajes. Me plagio a continuación: “Es una adaptación de la novela de Christian Gally "El incidente" (The Incident) y narra cómo dos vidas se entrelazan accidentalmente. Margarite (Sabine Azéma), luego de comprar un par de zapatos, es despojada de su cartera. El ladrón se deshace del monedero en el estacionamiento de un centro comercial, donde Georges (André Dussollier) la encuentra. Enseguida, el hombre intenta contactarla. La película de Resnais es una comedia negra, que no deja de generar interés en el público a lo largo de una hora y trece minutos. Un narrador en off encadena las historias”. Hasta aquí llega mi cita, mi autoplagio. Ahora bien, a partir del incidente, el film comunica dos existencias que parecen no estar del todo satisfechas con sus vidas. Esta condición las relaciona estrechamente aunque luego descubramos que los aviones parecen interesarles a ambos.

Georges es un esposo abnegado que, luego de encontrar el monedero, no puede dejar de pensar en esta mujer, quien, por cierto, bajo su punto de vista no es muy atractiva. Margarite es una dentista que, a pesar de declinar las reiteradas invitaciones que Georges le extiende, no puede sacárselo de la cabeza. Georges deja todas las noches mensajes de voz en sus contestadota; en una de estas ocasiones, Margarite responde. Luego Georges, por no acceder a sus invitaciones, decide vengarse de ella pinchándole los cauchos de su carro. Una visita de la policía, tras la denuncia de la mujer, es suficiente para que Georges evite cualquier contacto con ella. Esto, por el contrario, la enloquece y es Margarite, entonces, quien comienza a buscar desesperadamente a Georges y hasta a su esposa. Un incidente cualquiera trastoca sus vidas, pero lo hace con prudencia, ningún cambio radical parece caber en el film de Resnais.

Como Les herbes folles, la maleza, los personajes del film han crecido en un territorio al que no han sido invitados y parecen ocuparlo con extravagancia y decisión. La maleza incomoda y precisamente esta particularidad define su materia y presencia. Georges y Margarite viven sus vidas pero un incidente, como quizá muchos otros antes o después de éste, los desvía ligeramente. La maleza no crece de manera ascendente, aunque ocupa un espacio similar al de cualquier arbusto o pasto, la maleza se inclina, se tuerce, se enquista, coloniza espacios ajenos, se monta. Pero finalmente, ocupa un territorio fijo. Si no es eliminada, entonces se apropia de todo el espacio domesticado con cierta extravagancia y exceso. Eso es. La maleza es exceso, exhuberancia, que en su crecimiento cambia de parecer; va para acá y para allá, sube y baja, se desvía constantemente pero conserva su espacio. No se fuga. Los personajes, como estas hierbas silvestres, crecen a sus anchas.

Vuelvo a citarme. “La película, sin embargo, resulta problemática a la hora de inaugurar el festival. Rara, muy rara, pero no tan rara para volver sobre ella. Quizá caprichosa, secreta, sólo rara. Claro, se trata de Resnais, cuya trayectoria definitivamente se impone, sin mayores cuestionamientos”. ¿A qué se debe esta rareza? También dije que el film era principalmente una comedia pero sin risa, no pretende una carcajada, quizá una que otra sonrisa. Tampoco es una comedia de humor fino, cerebral si se quiere. En este punto radica su peculiaridad.

Resnais marca géneros cinematográficos pero se apresura a borrarlos. ¿Es una comedia?, ¿un drama burgués?, ¿un thriller?, ¿un melodrama?, ¿misterio?, ¿detective?, ¿noir? Nada de eso, It’s just a movie, como en alguna oportunidad comentó Hitchcock. La narración juega con marcas de distintos géneros para despistarnos y, efectivamente, decirnos que sólo se trata de una película [más]. Uno de estos momentos sucede luego de que Georges le pincha los cauchos al carro de Margarite. Pensamos que estamos, entonces, en un thriller ―al estilo de Harry, un amigo que los quiere―, o cuando Margarite busca a Georges en el cine, o luego que se encuentran en el aeropuerto privado ―¿Casablanca?―, o también cuando Margarite logra conversar con su esposa, o cuando una colega y amiga de Margarite, Josepha (Emannuele Devos) no se resiste ante la presencia erótica de Georges y cae en su red. Marcas de género cinematográfico que no se desarrollan y que por el contrario, se tuercen, desvían, se abortan, parodian a los géneros para hablar de la naturaleza de estos personajes. Quizá lo mismo sucede con los géneros sexuales, ¿masculino?, ¿femenino?, no parece importarle tanto a Resnais.

La familia burguesa es otro tópico revisitado que parece tomar la misma dirección. Una de las primeras escenas de la película, cuando Georges espera que Margarite lo contacte para agradecerle por su monedero, presenta a la familia sentada a la mesa compartiendo la cena. Es la misma escena que ya hemos visto en películas francesas de Chabrol o Haneke. Pero a diferencia de éstos, Resnais no desmonta ni descubre ―no pretende hacerlo― las fobias o el mal que anida en el seno de la familia como unidad fundadora de la sociedad. Les herbes folles desactiva cualquier señalamiento, o juicio. La familia no se desmorona. Acepta cualquier extravagancia. La oportunidad en la que Margarite contacta a la esposa de Georges, no deviene en melodrama, thriller, ni siquiera en drama. No hay preguntas, ni nada que aclarar o reprochar. La maleza es así, impredecible pero no se fuga, se mantiene allí donde nace.

Vuelvo a plagiar mi propia crítica: la película de Resnais es “Rara, muy rara, pero no tan rara para volver sobre ella. Quizá caprichosa, secreta, sólo rara”. Y en este punto me corrijo…. Tan rara que vuelvo una vez más sobre ella sin resolver su rareza.

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