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WWW.DIARIODECARACAS.COM / Thaelman Urgelles, publicado el Sab, 01/12/2012 - 23:08 / Martes 01 de Enero
“Azul y no tan Rosa” eleva un tramo el listón de nuestro cine
Reproducimos el texto del cineasta venezolano Thaelman Urgelles sobre la cinta "Azul y no tan rosa" actualmente en la cartelera venezolana
En el cine de todas partes es frecuente que los buenos actores y actrices sucumban a la tentación de pasarse al lado oscuro del set, detrás de cámara, para asumir la responsabilidad de contar la historia más allá de sus propias acciones y emociones interpretativas. En muchas ocasiones estas experiencias resultan exitosas, por el aprendizaje y las vivencias que ellos suelen acumular en los rodajes, con todo lo que tienen oportunidad de observar en las obligadas esperas entre la filmación de un plano y el siguiente. La posición de los actores en los rodajes es una estupenda atalaya para registrar cómo se construye un relato cinematográfico y su relación con los más diversos tipos de directores les permite apreciar mejor que nadie lo que debe o no hacerse para liderar a un equipo de filmación. Finalmente, la tarea de caracterizar a otros los provee de un entrenamiento de la sensibilidad y un conocimiento de los resortes profundos que mueven al actor a extraer lo mejor de su repertorio emocional y físico para entregarlo al desempeño de sus personajes. En general, quién puede dirigir mejor a un actor o actriz que otro de ellos.
La breve reflexión acude a mi teclado al intentar una reseña crítica sobre Azul y no tan rosa, la opera prima del estupendo actor venezolano Miguel Ferrari. Con extendida experiencia actoral en teatro, cine y TV –y un prometedor cortometraje como director- Ferrari se lanzó a la dirección de largometraje con un proyecto de notable desafío temático: una comedia dramática que explora la intolerancia hacia la diversidad sexual, con la propuesta de reivindicar y dignificar la elección de esta identidad, al tiempo que aborda sub-temas de gran interés como la relación paterno-filial, la compleja personalidad adolescente, la violencia de pareja heterosexual, el cambio de género. Todo ello con el marco contextual del amor y la solidaridad entre seres vulnerables, como una respuesta ante la exclusión intolerante.
Lo he conceptuado como un desafío, porque es muy fácil que una mixtura de temas como esos nos conduzca a un melodrama lacrimoso, a una comedia de risa fácil y traidora o a otro de esos filmes nacionales que no logran trascender la denuncia sociocultural, por no atreverse a hincar el diente en la interioridad de los personajes, en sus conflictos reales y movilizadores de la acción dramática. Ferrari lo intenta y logra en una muy satisfactoria medida, y es justo decir que tampoco llega a rebasar los límites muy cuidadosos que se le advierten al proyecto: presentar un filme digno sobre un asunto delicado, sensible y actual, sin hacer concesiones al gusto dominante pero tampoco con un abierto espíritu transgresor. En tal sentido, la peli no abandona por un momento su propósito de convocar a un amplio público, lo cual le significa frenos en la profundización descarnada de las situaciones y un disciplinado lazo con la comedia. Lo cual veo como una elección legítima del realizador, de la cual salió, por lo demás, holgadamente airoso.
Lo que primero que destaca en el film es la madurez profesional de todos sus factores expresivos. La puesta en escena de Ferrari, la fotografía de Alexandra Henao, los recursos visuales presentes en el encuadre, la edición, el sonido, la música, nos ofrecen una producción de calidad poco frecuente en el cine venezolano. Al confesar que el estilo visual del film no es el que yo buscaría como realizador, añado de inmediato que se ajusta plenamente al proyecto narrativo y estético del director y del proyecto.
El valor más reconocible es la interpretación que el elenco hace de los personajes. El joven Guillermo García logra conducirnos con rigor, exactitud y sin fatuos melindres por los diversos estadios de Diego, el personaje protagónico: sus dudas sobre la convivencia con su pareja, la tragedia de su pérdida afectiva, el difícil reencuentro con su hijo, el viaje iniciático con el joven y sus amigas; Hilda Abrahamz supera un comienzo algo errático para desarrollar un difícil personaje al que encontramos creíble y a ratos entrañable; el joven español Ignacio Montes, muy ajustado entre el drama y la comedia como el escéptico hijo adolescente de Diego, apenas nos lució desafinado en la escena de la explosión emocional con su padre, quizás a causa de la premura del episodio en el decurso dramático. Carolina Torres suele desplegar fina compasividad en sus apariciones y esta no es la excepción. El envidiable reparto secundario –en el que destacan Elba Escobar, Juan Jesús Valverde, Arlette Torres y Alexander Da Silva- redondean un sólido cuerpo de interpretación. Y los “cameos” de lujo dan cuenta de las ventajas que tienen los actores cuando asumen el reto de la realización.
A diferencia de recientes películas venezolanas que tardan unos buenos minutos en “despegar” dramáticamente, Azul y no tan rosa despliega muy pronto sus alas narrativas y temáticas, lo cual no ocurre sin embargo con el aterrizaje, el cual constituye la falencia más notoria de la obra. Una vez que se resuelven satisfactoriamente las promesas dramáticas de todos los personajes y sus historias, lo cual termina de concluir a orillas de una hermosa laguna merideña, la peli entra en una serie de epílogos, unos menos válidos que los otros, para cumplir el propósito del realizador de cerrar explícitamente todas las sub-tramas y personajes secundarios. Con ello el film se alarga innecesariamente y adopta un cierto cariz telenovelezco que arroja un poco de sombra sobre la indiscutible calidad del cine que hemos visto.
Azul y no tan rosa representa un digno tirón a la carreta de crecimiento del cine venezolano. Con ella, Miguel Ferrari y su equipo elevaron unos centímetros el listón de calidad profesional, autenticidad del discurso, credibilidad narrativa y, sobre todo, honesto compromiso con el tema que se eligió contar.
@Turgelles
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