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GRAN CINE / Pablo Abraham / Martes 31 de Diciembre
EL FESTIVAL DE CINE FRANCÉS ENCIENDE EL PROYECTOR (2008)
EL FESTIVAL DE CINE FRANCÉS ENCIENDE EL PROYECTOR (2008)
La Embajada de Francia en Venezuela, la Alianza Francesa de Caracas, Gran Cine y Queiroz Publicidad se unen una vez más, para ofrecer una exclusiva muestra del séptimo arte galo. Un total de 12 películas, todas de los últimos cinco años, serán proyectadas en las salas de Gran Cine, Cinex y Cines Unidos como parte del encuentro cinematográfico.
Si hay algo que ha caracterizado la cinematografía francesa de las últimas décadas, es su diversidad temática. Buena dosis de creatividad, de maneras de ver la vida y contar historias desde distintos ángulos con la cual los más veteranos y jóvenes realizadores galos han logrado seducir a casi el 50% de la audiencia –más de 84 millones de espectadores tuvo la industria en el 2007, según cifras de Unifrance,- gracias a películas maravillosas y de géneros tan disímiles como el drama La môme (Edith Piaf: La vida en rosa), el policial 36 Brigada criminal, el thriller Cena con el diablo, la comedia de enredos El mejor día de mi vida, la cinta de terror Ellos, el drama histórico La traición, y el drama coral Lo mejor nuestras vidas. Son algunas de estas películas las que forman parte de la edición número 22 del Festival de Cine Francés, que a partir del 18 de abril serán proyectadas en las salas de Gran Cine: la Cinemateca Nacional, La Previsora, Cines Paseo del Trasnocho Cultural y la Margot Benacerraf  del Ateneo de Caracas, además de los centros de proyección de Cines Unidos y Cinex. Doce cintas en total que reflejan parte de la creciente producción de la industria gala, de la calidad indiscutible tanto de sus realizadores como sus intérpretes, así como de la creatividad y la diversidad temática que hay actualmente en la pantalla. En la selección están desde apuestas ambiciosas y taquilleras –fue vista por más de 5 millones de espectadores- como La môme (2007), el contundente drama del cineasta Olivier Dahan acerca de Edith Piaf, que le valió un premio Oscar a la Mejor Actriz, a la talentosa Marion Cotillard por su interpretación de la cantante francesa, hasta la hermosa Atrévete a amar (2002) ópera prima del ilustrador Yann Samuell que narra la historia de Sophie y Jean, dos niños que para huir de las bromas pesadas de sus compañeros de colegio deciden inventar un juego para abstraerse de la realidad, pasando por 36 Brigada criminal (2004), de Olivier Marchal, inspector de policía en el pasado y ahora cineasta, quien desarrolla su gran pasión por la novela policial y el género negro en esta película acerca de dos comisarios que tienen el reto de seguir numerosas pistas y atar cabos para poner tras las rejas a una banda de atracadores que actúa con total impunidad en la ciudad de París desde hace varios meses. Eso sin dejar de lado cintas como Cena con el diablo (2006), ópera prima del cortometrajista Kim Chapiron, protagonizada por uno de los más grandes actores de la escena gala, Vincent Cassel, quien después de leer el guión del padre de Kim se empeñó en asumir él mismo el reto de hacer esta película de suspenso, sangre y una buena dosis de humor negro sobre una chica que invita a dos desconocidos a pasar la Navidad con sus padres, donde además de papá y mamá vive un extraño personaje de nombre Joseph, el velador, quien a medida que se acerca la Nochebuena comienza a portarse de un modo cada vez más siniestro y tenebroso. Otras dos interesantes óperas primas son La pequeña Jerusalén (2005), de Karin Albou, estudiante de danza y teatro, quien le dedica su primer largometraje a una chica de nombre Laura, 18 años, residente en un barrio periférico de París llamado “La pequeña Jerusalén” debido a la gran cantidad de judíos que allí habitan, cuya educación  religiosa y sus estudios de filosofía se tambalean cuando se enamora por primera vez. Y Los estafadores (2005), de Frédérick Balekdjian, sobre un chico de poca suerte que decide dejar a un lado el trabajo en la tienda de su padre, a su enamorada, y a su hermano, para asociarse con su cuñado en no pocas pillerías con tal de salir a flote de la crisis y la mala racha que atraviesa. A manera de contraste está también en el festival la comedia romántica y de muchos enredos El mejor día de mi vida (2004), de la cortometrajista Julie Lipinski, que pone sobre la mesa uno de los más grandes dilemas de los jóvenes de hoy, el matrimonio, gracias a la historia de Lola, una chica que a pesar de haber vivido durante años bajo el convencimiento de que nunca caería en los tópicos de la pareja convencional se le mete de pronto en la cabeza de que no podrá realizarse como mujer hasta colocarse velo y corona y marchar hasta al altar, lo que deja atormentado a su pareja de años: Arthur. Ellos (2006), la primera película de Xavier Palud y David Moreau, dos adictos al género del suspenso que hoy gozan de fama gracias a su remake estadounidense de El ojo. Con Ellos estos autores franceses dejaron al público atónito con la historia de Lucas y Clementine, una pareja de treintañeros, expatriada de Rumania, que decide mudarse a las afueras de Bucarest, sin pensar que una noche de lluvia descubrirá que alguien más vive con ellos bajo el mismo techo. Y Está que arde (2006), de la documentalista y realizadora de televisión Claire Simon, quien vuelve a la comedia romántica, aunque en esta ocasión dosificada con buenas dosis de tragedia, a través de la historia de Livia, una adolescente solitaria que se enamora obsesivamente de un bombero que la saca de aprietos cuando se cae de su caballo. Sin contar el último largometraje de Philippe Faucon, La traición (2005), adaptación de la novela homónima de Claude Sales, relato autobiográfico publicada en 1989, que transcurre en Argelia en el año 1960, en la víspera de la independencia de Francia, cuando un lugarteniente entabla amistad con cuatro musulmanes de su regimiento que son partidarios del Frente de liberación Nacional; el filme formó parte de la selección del Festival de Toronto de 2005. Y Lo mejor de nuestras vidas (2006), de Danièle Thompson, ex guionista de Patrice Chereau, Jacques Deray y Louis de Funes, directora de La Buche, quien muestra ahora una película coral sobre un puñado de personas que se entrecruzan con sus sueños entre manos en el Café des Tetares de París: desde una actriz de telenovelas hasta un pianista genial, pasando por un coleccionista frustrado. Además de lo más reciente de un verdadero veterano, Patrice Leconte, quien fuera aplaudido en Cannes en 1989 con Monsieur Hire y nominado al Oscar en 1996 por Ridículo, presente esta vez con Mi mejor amigo (2006), sorprendiendo ahora a todos con una trama muy original: la historia de un marchante de arte de nombre François (interpretado por el magnífico Daniel Auteuil), quien ante la certeza de no contar con verdaderos amigos, acepta el reto de conseguir al menos uno y tendrá como ayudante al simpático taxista que lo traslada de un lugar a otro, cuya habilidad es congeniar con todo el mundo. También como parte del Festival, el Cine Móvil Popular estará presentando, en distintos sitios públicos de la ciudad de Caracas, así como la realización de varios Martes Selectos en algunas salas, una Muestra Especial dedicada al tema del Cambio Climático, de suma actualidad, además de celebrar el Día Internacional de la Tierra: “Salvemos el Planeta: Imágenes Ecológicas”, con la presentación de títulos franceses tan fundamentales como Microcosmos, La marcha de los pingüinos, Génesis y Dos hermanos, entre otros no menos importantes. También se llevará a cabo un Cine Foro, el día jueves 24 de abril, en la sala Cinemateca-Celarg2, con la presencia de Yazmín Fulop, Presidenta de SFVIC y Juan Carlos Sánchez, Miembro del Panel Intergubernamental Ganador del Premio Nobel con Al Gore. El Festival de Cine Frances 2008, cuenta con el patrocinio de las siguientes empresas: FRAMECA, AIR FRANCE, TOTAL, RENAULT, MERCANTIL, PDVSA PDV, ELECTRICIDAD DE CARACAS, SOLERA, MOVISTAR, HAAGEN DAZS, HOTEL PASEO LAS MERCEDES, CAFÉ DE PARIS, PERNORD RICARD VENEZUELA, FRECUENCIA MAGICA 99.1 FM, EL NACIONAL. Para mayor información visite : www.grancine.net / www.cinefrancés.net / www.francia.org.ve / www.afcaracas.org UN AMOR DE 22 AÑOS Alfonso Molina Si nos pusiéramos a contar todas las películas francesas que se han estrenado en Venezuela a lo largo de las 21 ediciones organizadas hasta ahora del Festival de Cine Francés —que se ha celebrado invariablemente cada abril— nos encontraríamos con medio millar de obras de diversos tipos: dramas y comedias, documentales y filmes de animación, largos y cortometrajes. La diversidad cinematográfica de Francia se ha puesto de manifiesto de una manera permanente, gracias a los buenos oficios de organizaciones como Gran Cine y Queiroz Publicidad —los grandes impulsores locales—  y de los servicios culturales de su Embajada en Venezuela, con el concurso de valiosos patrocinadores franceses y nacionales. Pero me asalta una pregunta. ¿Quién ha sido el gran protagonista del Festival de Cine Francés? La respuesta es sencilla: el público venezolano. Sin los cientos de miles de espectadores que han acudido —año tras año y de sala en sala— a esta cita anual el festival no se hubiese repetido… al menos con tanto éxito. Más allá de una eficiente labor de intercambio cultural, los grandes maestros y los realizadores noveles, las estrellas consagradas y los nuevos rostros, han convergido alrededor de una propuesta cultural que ha devenido en tradición para el público de Caracas y —desde hace una década— también de Maracaibo, Valencia, Mérida y Barquisimeto. Sin público no habríamos disfrutado de estas 21 ediciones. Esto me conduce a otra pregunta. ¿Por qué el público venezolano ama tanto el Festival de Cine Francés? Como en todas las cosas de la afectividad, no existe una respuesta definida en el campo racional. Pero me aventuro a afirmar que este amor que está a punto de cumplir 22 años es la expresión de la pasión por el gran cine y por la libertad creadora. El cine francés —el bueno y el no tan bueno, el comercial y el artístico, el industrial y el de autor— posee la tradición de los precursores y disfruta de la innovación de los nuevos autores, pero sobre todo ofrece su rica diversidad temática y estilística. Francia ha apostado por un cine que ama la libertad y no ha cedido a la homogeneización de los códigos de percepción de una mal entendida globalización. El cine francés se apoya en su cultura, su lengua y su especificidad como sociedad para convertirse en una expresión universal que traspasa fronteras. Tal vez por eso queremos tanto el Festival de Cine Francés en Venezuela. El amor es así. Disfrútenlo. SER ESENCIALMENTE FRANCÉS Rodolfo Izaguirre Gracias al Festival, los espectadores venezolanos se encuentran una vez al año con apenas una muestra de las mejores realizaciones del cine francés. Es insatisfactorio que estos encuentros no sean más frecuentes; pero como si se tratara de un ser vivo al que vemos de manera intermitente, estos encuentros tienen la virtud de que podemos apreciar su proceso de vida: cada año lo vemos crecer; sus rasgos  se acentúan, sus movimientos al andar son más seguros; parece haber cambiado y sin embargo sigue siendo el mismo. Esta es una de las grandes virtudes o hallazgos del cine francés: crece sin dejar de ser el que siempre ha sido.  No olvidemos que de todas las cinematografías es la que más ha luchado por preservar sus rasgos culturales y por mantener activo el legado de sus mayores sin dejarse avasallar por la espectacular sofisticación tecnológica y voracidad de mercados que evidencian otras  cinematografías. Para los venezolanos resulta oportuno y esclarecedor el Festival de Cine Francés porque permite establecer comparaciones, valorar la actualización de sus proposiciones temáticas, su concepción del tiempo fílmico y de su cine dramaturgia y conocer, cada año, nuevos nombres de realizadores, técnicos y actores: la certeza de ser un cine abierto al universo pero que sigue siendo, para gloria del propio cine y de todos nosotros, más francés que nunca. JE NE SAIS QUOI Juan Antonio González Me preguntan por qué el Festival de Cine Francés ha sido tan exitoso, y un aluvión de “porques” comienza a fluir desde mi memoria y mis afectos: porque hace más de 20 años, con esporádicas excepciones, eran muy escasas las posibilidades de degustar otro cine que no fuera el hablado en inglés, así que cuando uno, espectador común y corriente, se sentía ya saturado de hamburguesas visuales, el cine francés nos servía una deliciosa sopa de cebolla; porque gracias a este festival descubrimos -atónitos algunos- que aunque en esencia los sentimientos y las circunstancias de la vida sean las mismas, hay muchas y muy distintas formas de amar y de odiar, de vivir y de morir, ¡de contar la realidad!; porque este arte -el séptimo y para mí el más grande de todos- es de nacionalidad francesa, y nadie mejor que los franceses para defender su dignidad de acto creador que puede prescindir de las mezquinas presiones del mercado para ser la expresión inequívoca de un autor… digamos, de un permanente renovador como Godard, o de un humanista como Truffaut o de un perverso como Chabrol. Y sigo: porque, ¿qué habría sido de Buñuel y sus escopetazos surrealistas sin el apoyo de sus primeros mecenas, los vizcondes de Noailles?; porque la primera visión humana, y no patriótica, de la guerra la tuve con La kermesse heroica (Jacques Freyder, 1935); por las muchas e inconfesables fantasías eróticas que protagonicé con Catherine Deneuve, bella de día y de noche; con la alegre y eterna Jean Sebert, una americana transformada en mito gracias a À Bout de Souffle; o con una Jeanne Moreau de voz ronca y seductora -ella fue la particular Mrs. Robinson de mi pubertad-; o con… Fanny Ardant, Isabelle Huppert, Emmanuelle Béart, Nathalie Baye, Sophie Marceau… en fin, tantas. Y agrego una confesión: tengo una sobrina cuyo segundo nombre es Juliette… por Binoche, claro. Y la verdad, para seguir con el tono confesional, es que siempre quise ser el niño de Le Ballon Rouge o haber tenido la suerte de atravesarme en el fabuloso destino de Amélie Poulain.Me preguntan por qué el Festival de Cine Francés es tan exitoso y hasta me pongo cursi del amor que siento por una cinematografía que casi nunca me ha sometido a fórmulas taquilleras; que sabe mostrar los sexos como nadie, sin prejuicios ni falsas morales (como en la secuencia inicial de Betty Blue); que nos ha regalado maravillosos personajes como el Cyrano de Depardieu, el ensimismado apneísta de Azul profundo, la vengativa Manon de los manantiales, la luchadora Isa de La vida soñada de los ángeles, el frío y apasionado luthier que encarnó Daniel Auteuil en Un corazón en el invierno, el noble asesino que Jean Reno construyó para Luc Besson, la reina Margot de Isabelle Adjani… Concluyo, pues, porque no encuentro una respuesta concreta a lo que se me pregunta… Me disperso en una memoria -la mía- repleta de buenos momentos vividos con el cine francés; de abundantes experiencias intelectuales y sensibles; de risas, llantos y reflexiones; de disfrute y aprendizaje; de gozo y crecimiento… de un amor que perdura por encima de las distancias… Por eso y mucho más, el Festival de Cine Francés -como promotor del cine francés en nuestro país- ha sido tan exitoso y es tan querido, por algo que no se sabe explicar, pero que resume muy bien una expresión popular gala: por ese Je ne sais quoi.