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RESEÑA / Javier Guerrero, New York University/ Gran Cine / Martes 01 de Enero
New York Film Festival: El arte de las metrópolis
New York Film Festival: El arte de las metrópolis
El documental The Art of the Steal (El arte de Robar) desnuda la mercadotecnia del arte y las tácticas del poder y el dinero en la sociedad del consumo
Un día apacible. Una noche fresca. Una vez más llego temprano. La gente deambula por el nuevo espacio, han instalado un café donde se puede tomar un trago o probar alguna joya pastelera. Paso de largo. Entro a la antesala. Advierto una estación de café Illi, patrocinadora del festival. Me acerco. El café es gratuito. Capuccino or Espresso?, me preguntan. Respondo que Capuccino, decaf, por supuesto —de lo contrario no pego un ojo, aunque eso ayudaría a escribir esta nota—. La chica toma un cilindro compacto color verde y lo introduce a la máquina. Cuela el café. Mientras tanto, en otra máquina localizada a su espalada, calienta la leche para volverla espumosa. El café está listo. Estupendo sabor, verdadero café italiano… Comienza a llegar más gente. Empiezo a observar que todos, o casi todos, llevan un prendedor rojo ―un pin― en el que está dibujada una esfera con una raya transversal, como si se tratara de un aviso de no fumar, dentro de la cual se inscribe: Barnes Move. Todos parecen protestar por la mudanza del Barnes (¿?). La chica del quiosco de la librería Barnes & Noble, empresa que también está presente en el lobby del festival, se queda mirando con suspicacia a las personas que portan con orgullo la misteriosa chapa. No creo que comprenda lo que sucede. ¿Pensará que se trata de la librería para la que trabaja? Decido ingresar. La sala del Alice Tully Hall tiene dos entradas principales que dan al patio, otra al balcón y una secreta que conduce a la sección VIP. Intento entrar por una de las laterales, las principales. Si luego de hacer la fila, la dama que desprende la pestaña del boleto advierte que es por otra puerta, uno debe retirarse y hacer la larga fila nuevamente. Pero dura poco y es grata. Al fin y al cabo estamos en un festival. Me entretengo con el peinado de una mujer que camina al frente. Un moño rubio elaboradísimo. La mujer huele a laca y a Channel. Advierto, sin embargo, que hay muchos policías uniformados chequeando carteras y mochilas. La mujer abre un bolso Armani color perla. Yo no llevo nada conmigo. Mi libreta de anotaciones, y el vasito de café Illi que traeré a casa de souvenir. Me instalo en la butaca previamente asignada. La función empieza… Uno de los miembros del comité de selección del festival presenta a casi todo el equipo de producción y arte de la película. Se trata del documental The Art of the Steal (El arte de robar), del director americano Don Argott (Two days in April, Rock School). Un realizador joven que balancea la selección del New York Film Festival, tradicionalmente dominada por el cine europeo y asiático. En especial, el francés. El cine americano se acompleja mucho frente a los franceses -¿Qué otro cine no lo hace?, pienso enseguida- y este festival es sin duda su síntoma más visible. Generalmente está entubado con el de Cannes. Casi siempre, al igual que sucede en esta ocasión, la ganadora de la palma de oro tiene su puesto fijo en la muestra… Pienso esto cuando comienzan los gritos del público. Eufórico. Aplauden y vitorean al equipo del documental. La productora se lleva un gran aplauso y hasta uno que otro piropo. El realizador y director de fotografía también… La gente está muy entusiasmada. El documental es producto de una investigación acuciosa sobre la colección de arte Barnes, la cual constituye el acervo más importante de pintura impresionista, postimpresionista y de la modernidad temprana, que haya en el mundo. Aparentemente, no hay ningún museo ni institución cultural cuya colección pueda compararse con ésta. Eso dice el documental y sus seguidores. Billones y billones de dólares valdrían los Van Gogh, Matisse y Renoir que la conforman. La colección fue amasada por el doctor Albert Barnes (en la foto), quien pudo adquirir poco a poco las piezas gracias a su trabajo en la industria farmacéutica. Barnes monta la colección en una casa grande localizada en un suburbio de la ciudad de Philadelphia. El documental narra cómo Barnes crea esta escuela de arte al margen de la mercadotecnia de los museos y galerías metropolitanas. La colección está destinada para los estudiantes y amantes del arte. El público general tiene muy poco acceso. La escuela está cerrada al público la mayoría de los días de la semana. Barnes sólo acepta escasos visitantes por días. Las joyas que atesora están pensadas para quienes verdaderamente las necesitan. Nada de masas enloquecidas con cámaras fotográficas. El documental, narrado como si fuera un thriller, cuenta cómo Barnes se enfrenta a toda las apetencias del arte del consumo, a los poderes económicos que pretenden apoderarse de su patrimonio, por lo cual decide fundar esta escuela. En sus estatutos, Barnes claramente estipula que las obras de la colección no pueden moverse de su sitio, descolgarse, ni menos aún cederse a algún otro espacio, museo, galería que, por cualquier razón, lo solicitara. Matisse decía que la escuela era el único lugar sano para ver arte en Estados Unidos. La colección, a su vez, está expuesta de forma permanente en un ambiente muy distinto al del museo. Barnes incorpora objetos y muebles de la época, decorados y no clasifica las obras por país, tradición o autor. Un cuadro latinoamericano puede estar al lado de una pintura francesa y viceversa. El problema se presenta, y este es el tema del documental, cuando Barnes muere. El film documenta, paso a paso, cómo la colección se vuelve un objeto en disputa por parte de las organizaciones del poder corporativo del arte y del estado. En especial, The Art of the Steal muestra la presión que el poder ejerce para que la colección sea sacada del suburbio donde se localiza la escuela de Barnes para ser llevada a Philadelphia. El documental desnuda la mercantilización del arte, el juego del capital y del bien simbólico como atracción turística, y las múltiples tácticas que el poder perpetra para lograr la hegemonía cultural. Sin duda, la ciudad es el icono máximo de la modernidad ―con el perdón de Agamben, quien considera que es el campo de concentración― y por ello, luego de todo un proceso judicial, un juez decide autorizar la mudanza de la colección Barnes a una nueva galería ubicada en el centro de Philadelphia y construida especialmente para la colección. Según los cálculos, la exhibición de las joyas de Barnes triplicará el número de turistas que visitan la ciudad. La película representa, sin duda, una resistencia a la mudanza. El documental narra con talento este complicado caso. Entrevista a especialistas y a ex estudiantes y empleados de la escuela. Descubre, a su vez, las alianzas que el gobierno de la ciudad de Philadelphia y ciertos círculos de dinero y poder ponen en marcha para apoderarse de la colección y desmantelar la escuela. A lo largo del film, siguen los aplausos, y hasta gritos, de fanáticos y amigos de la Fundación Barnes (http://www.barnesfriends.org/). El realizador sigue al pie de la letra las pautas que la renovación del documental americano dicta. La receta Michael Moore (Bowling for Columbine, Fahrenheit 911): el poder es malo, malísimo, y pone sus garras en todo lo que apreciamos. El documental, sin embargo, tiende a ser repetitivo. Los malos versus los buenos. Y no cuestiona el lugar que ocupa. El director tampoco se pregunta por su gesto. Su producción parece estar fuera de estos circuitos y no parece reparar en que también pertenece al círculo metropolitano. El film se estrena en este festival, patrocinado por las marcas más selectas y por una elite (The Film Society of Lincoln Center), financiada por capitales y el mecenazgo de corporaciones y firmas. De igual manera, no se pregunta por la colección Barnes. ¿Qué se atesora allí? ¿Qué resistencia significa poseer la mayor colección de pintura postimpresionista del planeta? Estas ideas me vienen a la cabeza y creo que el director ni siquiera las llega a pensar… Pero, por supuesto, hay un acto de resistencia en Barnes que me habría gustado pensar a partir de un documental menos maniqueo, menos concebido en términos de pureza. Termina la función. Gritos, eslóganes, aplausos. Quizá menos estridentes que al principio. En el lobby sigue funcionando la estación de café Illi. Pido otro capuccino. La chica de Barnes & Noble ya está relajada. Quizá alguien le explicó lo que sucedía. No perderá el trabajo en esta crisis. Vende libros. Los empleados de Illi sirven café a los espectadores que emergen de la sala oscura con sed de noche. En otra nota dije que en Nueva York pasaba de todo, quizá pronunciado en un tono celebratorio (festivales, desfiles de moda, temporadas de ópera). Ahora me doy cuenta de que quizá, si lo forzamos un poco, Agamben tenga razón. El icono de la modernidad es el campo de concentración, el campo de concentración de las metrópolis… ¡Aquí pasa de todo! Salgo del complejo, camino unas cuadras y me hundo en el metro. Sostengo en mi mano las dos tazas desechables de mi café preferido.