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NEW YORK FILM FESTIVAL / Javier Guerrero, New York University/ Gran Cine / Martes 01 de Enero
La cinta blanca de Michael Haneke
El cineasta de "Caché" y "La pianista" desata su cinta en el New York Film Festival
Michael Haneke es invitado a pasar al escenario. Se dirige al público. No logro oír ni una palabra. Habla en inglés pero su tono es bajísimo. A duras penas, un delgado hilo de voz llega a la mitad de la sala. Estoy ubicado un poco más atrás. Los espectadores de adelante ríen. El discurso es corto. Comienza la función. No sé que ha dicho.
La película Das weiße Band (La cinta blanca) llega al New York Film Festival con un premio considerable: la Palma de Oro del Festival de cine de Cannes. El film lo exhibe sin pudor, lo lleva impreso al comienzo como certificado de calidad. En la sala, los espectadores aplauden cuando aparece la Palma. Por fin el cineasta logra llevarse el máximo galardón del festival francés, luego de que en el 2001 estuviera muy cerca de ganarlo con La pianista ―la película obtuvo tres importantes galardones, el Gran Premio del Jurado, el de mejor actriz (Isabelle Huppert) y el de mejor actor (Benoit Magîmel)―. Este año, de manos de la mismísima Huppert, Haneke recibe el que quizá sea su máximo reconocimiento.
Das weiße Band es narrada por uno de sus personajes, el maestro de escuela (Christian Friedel) de un pequeño pueblo ubicado al norte de Alemania. La acción se desarrolla en 1913, cuando una serie de extraños eventos comienza a suceder. El médico del pueblo es víctima de un accidente. Cuando monta a caballo, el animal se desboca y el doctor queda malherido. El médico es transportado al hospital, donde permanece por algunas semanas. Es viudo, y sus hijos deben ser cuidados por una vecina, la comadrona del pueblo (Susanne Lothar). La hija del doctor es ya una adolescente pero tiene un hermano pequeño. Todos enseguida sabrán que no se trata de un accidente. Alguien ha tensado un alambre delgado pero suficientemente fuerte, para derribar al animal. Alguien ha querido desgraciar, quizá matar, al médico del pueblo.
A partir de este evento, el film narra una cadena de situaciones terribles. El Barón (Ulrich Tukur), máximo empleador de este pueblucho alemán, advierte que su hijo ha desaparecido. Más tarde el niño es encontrado con signos de haber sido torturado. Por su parte, el pastor (Burghart Klaussner) les impone a sus propios hijos una disciplina severa. No sólo los azota tras llegar tarde a la cena, sino que los obliga a usar una cinta blanca, amarrada en forma de lazo. Deben portarla tanto dentro como fuera de casa. La cinta es un recordatorio de que los niños deben ser puros.
El film indaga en estos eventos. Estos terribles sucesos parecen cobrar cuerpo a pesar de la calma que prevalece en el pueblo. Con este film, Haneke ha querido indagar en la violencia y la maldad que, como herencia, resulta del maltrato. La severa disciplina crea rabia y deseos de venganza. Este es el tema del film. Das weiße Band explora la sofisticación de la maldad. Los niños son capaces de superar la violencia con la que han sido criados. El pastor inflige dolor en los cuerpos de sus hijos y recibe, de vuelta, la peor de las venganzas. Su pajarito, del que cuida con esmero, aparece en su escritorio, decapitado. En el cuello del ave muerta se hunde una tijera. De igual manera, luego de que el espectador atestigua que el médico del pueblo abusa de su propia hija, el film sugiere que es ella quien ha planeado el accidente del padre. La niña lo quiere lejos. El mal ya ha sido transferido.
Pero lo sorprendente de la película de Haneke es cómo logra narrar toda la crueldad que se transmite de padres a hijos, que se imprime como huella hereditaria, sin que ésta parezca perturbar el día a día del pueblo. Sin estridencias, el film va desplegando la cinta blanca, el símbolo de la pureza, para dar cuenta, uno a uno, de los terribles maltratos y la rabia que se gesta, a puerta cerrada, en los niños del pueblo. Para lograr esto, el punto de vista del film se flexibiliza. A pesar de que la narración es comandada por el maestro, la cámara ingresa a las diversas casas y asume la mirada de niños y padres, testifica la maldad que se ha gestado en ellos y cómo los niños, a su vez, la reproducen en las relaciones con sus compañeros.
Ante los hechos horrorosos que suceden y la presencia de sus pupilos en cada uno de los lugares en los que se ha perpetrado el mal, el maestro sospecha. La aparición de un nuevo caso hace que las autoridades del pueblo investiguen. El hijo de la comadrona, un niño retrasado, ha sido torturado. Las autoridades lo encuentran atado a un árbol. Está muy lastimado, sus ojos golpeados. El maestro sospecha que algunos de los hijos del pastor, quizá la hija mayor, están involucrados. Los niños dicen ignorar lo sucedido. El pastor amenaza al maestro y le prohíbe que verbalice, repita, su sospecha.
La crueldad es la cinta que entrelaza a las familias de este pueblo maldito. Los niños han aprendido a superar la maldad de sus padres. Paradójicamente, la cinta que portan es el cordón del mal que atará todas sus relaciones. Y estas asociaciones se representan con sutileza. La clandestinidad con la que los niños perpetran el mal es copiada por el film. Los secretos se descubren por las miradas. Los espectadores deben unir las piezas. El mal se va apoderando, como si fuera una epidemia pero con pasmosa sutileza, de todas las familias, del pueblo completo. La película acumula horrores y al final, el ambiente se vuelve irrespirable.
Con esta configuración del mal, Michael Haneke filma la gestación del fascismo en el seno del pueblo alemán. Su finísima narración se aproxima al proceso en el que la crueldad se imprime en los cuerpos de los niños y deviene en naturaleza. La cinta blanca los une. La raza aria ha incubado al monstruo.
No obstante, Haneke cierra con broche blanco. Tras la tortura del niño retardado, la comadrona y el médico del pueblo han desaparecido. Esto después de que el doctor humille a la mujer, quien también ha sido su amante. El maestro narra los rumores que se han diseminado por el pueblo. La pareja, la cual presuntamente planificó la muerte de la mujer del médico, ha escapado luego de cometer todos estos horrores para confundir al pueblo y evitar ser señalados. Los terribles acontecimientos le son adjudicados a la pareja. Y esto le coloca una cinta blanca a la maldad que narra la película. El rumor lava de culpabilidad a los niños del pueblo. Señala a la pareja como responsable. Pero, sin duda, queda claro que la crueldad está en cada uno de sus habitantes, ha sido inoculada para siempre. Los torturadores no han escapado. Todos son sospechosos.
Como el hilo de voz de Haneke en la sala de cine —finísimo, casi imperceptible— la película, filmada en blanco y negro, va desatando, poco a poco, la cinta para dejar al descubierto el mal de este pueblo. Una vez culminada la función, la crueldad representada por el film, resulta intolerable. Haneke, sin casi darnos cuenta, la ha liberado ante nuestro ojos por completo.
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