Ofrecemos la crónica del último Festival de Toronto que nos ofrece nuestro amigo Luis Sedgwick Báez.
Pensé que los efluvios de los Juegos Panamericanos celebrados aquí en el mes de Agosto aún permearían el aire. ¡Pues no! Al conversar con los lugareños me contestaban lacónicamente, con dejos de indiferencia, como un evento pretérito. No hay tiempo (ni interés) en recordar el pasado, ni siquiera el inmediato. El tema del momento, obviamente, es el TIFF (Festival Internacional de Cine de Toronto). Varias calles circundantes han sido cerradas y convertidas en peatonales. Muchos fanáticos se apostaban a la entrada de los hoteles con el ansia de ver, aún por segundos, a las estrellas y directores que pululan este año en su 40º aniversario, saliendo (o entrando) de sus limusinas.
“Taxi” (Irán) de Jafar Panahi fue mi primer film. Ganador del Oso de Oro en Berlín y del premio Fipresci, el film apunta hacia un taxista (el propio Panahi) que recoge pasajeros en el camino, que discuten sobre religión, política, la censura para poder filmar. Abbas Kiarostami, un compatriota suyo, también utilizó esta técnica en “Diez” donde diez personajes intercambian ideas con el conductor, esta vez una mujer al volante. Personalmente encontré el film fastidioso a pesar de los premios obtenidos internacionalmente y el aplauso de los críticos al final de la función. No quiero ahondar en el ¡por qué del fastidio!
Dos extraordinarias actuaciones (Tom Courtney y Charlotte Rampling) celebrando “45 años” (45 Years, Gran Bretaña), de Andrew Haigh, de matrimonio donde afloran los pasados amores de él con una amante que falleció sepultada en un alud en Suiza y cuyo cuerpo apareció recientemente. Es el mirarse en el espejo y contemplar la vejez vis-á-vis a su entorno, a su familia, a sus amistades, a su pasado.
Celulares que funcionan a toda hora, puertas que se abren y se cierran, tecleos en la computadora, periodistas que caminan, corren, reuniones, discusiones, entrevistas, todo un agite hiperkinético buscando información. “Spotllight” (EEUU), de Tom McCarthy, es el reflejo de un equipo encargado de elaborar un informe sobre la pedofilia en la iglesia de Boston donde los altos jerarcas de la arquidiócesis sabían del asunto pero lo ocultaban. Todos los actores (Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber) merecen un premio colectivo por sus actuaciones en uno de los mejores films del TIFF.
Utilizando material fílmico rara vez visto, “Francofonía” (Rusia) de Alexandr Sokurov pretende realizar una radiografía del Museo del Louvre cuando Francia es invadida por Alemania en la Segunda Guerra Mundial y los pormenores del director del museo, Jacques Jaujard (Louis-Do de Lencquesaing) que trató de salvar los tesoros del museo enviándolos a un castillo y el oficial alemán, el conde Franz-Wolff von Metternich (Benjamin Utzenath), encargado de asumir como nuevo director. Sokurov analiza, con sensibilidad e inteligencia, lo que ha representado el Museo del Louvre dentro del contexto del arte en la civilización occidental, desde su creación hasta nuestros días, haciendo hincapié en que el conde Metternich respetó y aupó la conservación del patrimonio francés. Incluso aparece Napoléon diciendo que gracias a sus batallas muchas de las obras de arte allí incluidas fueron traídas de sus conquistas.
Miguel Gomes, aquél de “Tabú”, film de culto, anuncia, al comenzar “Noches árabes” (As Mil e Uma Noites: Vols, 1, 2 y 3, Portugal) que pretende seguir únicamente la estructura de los cuentos de “Las mil y una noches”, extrapolándolos al Portugal de 2013-14 cuando sufrió una de las peores oleadas económicas de su historia que ha empobrecido al país por los ajustes de restricción y austeridad impuesto por la troika (FMI, Eurozona Europea, Banco Central Europeo) (Algún parecido a la Grecia de hoy es mera coincidencia…). A través de los 381 minutos, con dos intervalos de 10 minutos, vemos a los personajes quejarse del desempleo, de los desahucios, de la pobreza, de la suciedad, de sus amores, dentro de una puesta en escena (aparecen sirenas, ballenas muertas a orillas del mar) esplendorosa y alucinante. Un collage de imágenes original y estrambótico. Sólo un gran director puede dirigir una obra tan difícil de describir.
Hay directores proclives a la controversia, Gaspar Noé es uno de ellos. “Love” (Francia) no es más que pornografía en 3D. Las escenas de sexo, explícitas, prolongadas y mecánicas, restan valor a un film que apunta a una relación, más bien, a una obsesión de un aspirante a director de cine (Karl Glusman) infatuado por una artista drogadicta (Aomi Muyok) a la que le confiesa que es casado. Recién al final, la trama adquiere cierta dosis de emoción, pues el “amor”, título del film, está ausente en la ¾ partes anteriores.
Utilizando documentales de la época y mezcla de ficción, “Eva no duerme” (Argentina) de Pablo Agüero, versa sobre el peripatético desplazamiento del cadáver de Eva Perón desde su muerte hasta 1976 cuando Argentina sucumbe a una dictadura militar. El film, por momentos claustrofóbico, es óbice para analizar, grosso modo, lo que el populismo de Evita significó para el país, desde sus distintas ópticas. Los personajes, un militar (Gael Garcia Bernal), un embalsamador (Imanol Arias) y un oficial encargado de los vericuetos de seguridad (Denis Lavant), emergen con aires facinerosos, fantasmagóricos y lunáticos. La puesta en escena posee una rara gelidez.
“El Programa” (The Program, Gran Bretaña), de Stephen Frears, es un film lapidario hacia su personaje central. En este docudrama, vemos a un periodista, David Walsh (Chris O’Dowd) embarcarse contra viento y marea para demostrar que Lance Armstrong (Ben Foster), 7 veces ganador del Tour de France, usó drogas durante toda su carrera profesional en el ciclismo (incluso antes) aupado por un contingente de otros ciclistas, entrenadores y médicos. Todo se derrumba cuando un colega suyo, ciclista, denuncia la situación. Ben Foster exuda cinismo, arrogancia y tretas manipulativas, engañando a un público que lo ensalzó a la gloria, más aún, cuando sobrepuso su cáncer y creó su fundación para ayuda a los niños con cáncer y escudándose en él. La culpa, ese sentimiento tan bien descrito por Shakespeare, lo aniquiló a la postre y Armstrong, al final, admite su mentira.
Hablando de culpa, y por culpa de Marco Bellochio, un ilustre cineasta, fui a ver “Sangre de mi sangre” (Sangue del mio sangue, Italia), su último opus, un film sobre la maldición de un convento, una pérdida de tiempo, podría haber visto otro film que un amigo me informó después que era ¡muy bueno!
“Septiembre en Shiraz” (Septembers of Shiraz, EEUU) de Wayn Blair está basado en la autobiografía de Dalia Sofer, sobre la familia Amin (Adrian Brody, Salma Hayek), un próspero joyero de extracción judía cuyas vidas se ven alteradas cuando la teocracia triunfa en Irán en 1979. Acusado de espía a favor de Israel, es trasladado a una cárcel regenteada por los guardias revolucionarios donde es torturado y forzado a entregar toda su fortuna a cambio de libertad. Los últimos 15 minutos uno vive la persecución en pleno suspenso. (El film me hizo recordar cuando el ex embajador de Irán en Venezuela, Farman Farmaian relataba cómo tuvo que escapar de su país por Turquía).
Jacques Audiard, presente en el escenario y rodeado de su combo presentó “Dheepan” (Francia) que obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Una historia del momento: la de los refugiados. Aquí vemos a Dheepan (Jesuthasan Antonythappan) y su “familia” exiliados en Francia escapando de la guerra civil que azota Sri Lanka. Comienza vendiendo chucherías en las calles de París, luego lo envían al campo como conserje y limpiador de un complejo habitacional donde la violencia y las drogas se hallan a la orden del día. Dheepan se cuestiona si esta nueva realidad es mejor o peor que la vivida en su país. Una mirada dura, tal vez compasiva, a una tragedia de nuestros días. El final es un tanto facilista.
Una decepción resultó “No Home Movie” (Bélgica), de Chantal Akerman, que filma a su anciana madre (sobreviviente de Auschwitz) en su apartamento en Bruselas. Apenas habla, responde con monosílabos, la vemos comer con desgano, arrastra los pies, en medio de planos fijos que duran minutos y que son intercalados con imágenes que duran hasta 15 minutos de un carro que recorre un desierto en los Estados Unidos. Tal vez este Alzheimer de imágenes esté afectando a la Akerman, respetable cineasta, que hizo films relevantes allá por 1970 hasta los 2000.
Por acompañar a una amiga de la RAI me perdí “Hijo de Saul” (Saul fia, Hungria) de Laszlo Nemes que ganó el Gran Premio en Cannes. ¡¡¡Lo que es la amistad!!! Y fuimos a ver “Demolición” (Demolition, EEUU), del canadiense Jean Marc Vallée, encargado de inaugurar el TIFF. A raíz de un accidente de carro donde falleció su esposa, un financista exitoso (Jake Gyllenhaal) se embarca en un camino de autodestrucción, demoliendo todo lo que encuentra en su camino (neveras, computadoras, hasta su propia casa). No entendemos las motivaciones de este comportamiento pero inferimos que este mecanismo de catarsis se debe a su ansia de exorcizar el pasado y la memoria de su esposa. Gyllenhaal actúa muy bien, convincente, con presencia.
Ganador del premio como mejor director en Cannes “El asesino” (Nie yin Nang, Taiwan) de Hou Hsiao Hsien es un portento visual y de una refinada estética. La historia es confusa, no sabía lo que estaba ocurriendo en la pantalla, en una trama de intriga y venganza en la China del siglo IX.
“11 minutos” (11 minut, Polonia) de Jerzy Skolimowski comienza con la cámara a la velocidad de la luz, los personajes se mueven en el mismo tenor, un film fragmentario como un rompecabezas, una labor de edición non plus ultra siendo éste su mérito más descollante (para analizar y estudiar). El guion no ahonda mucho en estas historias individuales (tal vez no interesen para este caso en particular, síntoma de la impersonalidad de nuestro tiempo), son 11 minutos que ocurren a estos personajes en un día cualquiera en la ciudad de Varsovia.
Es práctica recurrente de escoger a priori los films que uno desea ver. Pero a lo largo del TIFF uno va cambiando de opinión por diversos “inputs” y sugerencias recibidas. Tal es el caso de “La mujer de la camioneta” (The Lady in the Van, Gran Bretana), de Nicholas Hytner, con Maggie Smith, que fue cambiado a último momento por “Anomalisa” (EEUU), de Charlie Kaufman y Duke Johnson, pues me pasaron el dato que la noche anterior este film había obtenido el segundo premio en Venecia. Como no tuve tiempo de hojear en el catálogo fue una sorpresa el saber de lo que se trataba. Jamás pensé ver un film tan bizarro por lo original y nada visto hasta el presente. Es la historia de un romance y todas sus implicaciones, en un hotel en Cincinnati, en lo que se viene a llamar “stop-motion animation”, dibujos animados donde los personajes son de fieltro y que se asemejan, y ¡cómo!, a los de carne y hueso. ¡Un film único!
A sala llena, “La canción del atardecer” (Sunset Song, Gran Bretaña), de Terence Davies, basado en el clásico escocés de Lewis Grassic Gibbon de 1932 (y de lectura obligatoria en las aulas), me costaba harto entender el fuerte acento hablado durante todo el film. La saga de la familia Guthrie, enfocada en Chris (Agyness Deyn, fue modelo de pasarela, no trasmite lo suficiente para la complejidad sicológica del personaje), que por circunstancias del azar se ve sola, administrando una granja. Se casa, su marido retorna desquiciado de la primera guerra mundial y luego fusilado por cobardía. Ella admite fehacientemente que todo pasa menos la tierra y ella se considera “tierra” por su obstinación en sobrellevar los obstáculos. Una visión casi épica de una vida, la geografía y las canciones son parte intrínseca de la historia. Dirigida con sensibilidad y aplomo por el gran Terence Davies, que nos ha dado una de las filmografías más importantes de Gran Bretaña.
Philippe Garrel vino con “A la sombra de las mujeres” (Francia) con guion de Jean Claude Carriére (asiduo colaborador de Luis Bunuel). Confrontamos a un matrimonio (Stanislas Merhar y Clotilde Courau, esta última vibrante de luz en su andar y decir) en conflicto, que surge cuando ambos descubren que sus respectivas parejas le son infieles. En blanco y negro, que otorga al film una textura especial en el París de los años 60.
Muchos se quedaron sin entrar y debido a la demanda establecieron una función adicional. La noche anterior Venecia había entregado su palmarés y “Desde allá” (Venezuela), de Lorenzo Vigas, obtuvo el máximo galardón: el León de Oro. Hace ya algún tiempo, salía de mi apartamento y me encontré con Lorenzo frente a la entrada de mi edificio rodeado de un enjambre de técnicos. “¿Qué haces por estos lados?”, le pregunté. “Filmando”, me contestó. “Desde allá” es un film admirable, de lo más excelso que ha surgido en el cine venezolano. Allí vemos a Armando Marcano (Alfredo Castro), un operador de prótesis dental que en sus ratos libre deambula por la ciudad en busca de compañía de muchachos jóvenes, pagándoles para verlos desnudos sin contacto físico. Hasta que aparece Elder (Luis Silva, de carisma vulnerable), un malandro, cuyo padre cumple condena por asesinato y con quién comienza una relación que trastocará el comportamiento de ambos. El personaje de Armando, lacónico, misterioso, con un pasado similar (sabemos que su padre ha regresado del exterior y que le desea su muerte), tiene como contraparte a Elder que necesita una figura paterna que lo sostenga financiera y emocionalmente, formándose entre ellos una llave de afectiva manipulación que trasciende lo banal.
Film de múltiples lecturas, sobrio, sin alardes estilísticos, de primeros planos, a veces estáticos, cuyos gestos en los actos revelan subterfugios de emociones reprimidas, calles que pululan de vida y de violencia cotidiana, frases breves que no necesitan explicación en la interpretación de su significado. Un film abierto a la discusión por la forma como Vigas lo refleja en las imágenes, donde cada imagen tiene su por qué, pero ese por qué el espectador lo asume (a su manera) y de allí la importancia de este film que no moraliza (otro de sus logros) y donde la ausencia del padre sea tal vez, la columna vertebral de todo el film.
Vi 42 films en 10 días. No se puede ver todo, ni reseñar tampoco. Exhibieron 399 films de 71 países de 6118 presentados y proyectados en 28 pantallas. Me perdí las últimas de Nanni Moretti, Paolo Sorrentino, Wim Wenders, Julio Medem y otros tantos. Sí vi “Mi pequeña hermana” (Japón) de Hirokazu Kore-Eda (muy buena), “El clan” (Argentina) de Pablo Trapero (casi muy buena), “Stonewall” (EEUU) de Ronald Emmerich (regular), “La langosta” (Grecia) de Yorgos Lanthinous (muy buena), “Desierto” (México) de Jonás Cuarón (casi muy buena) y “Oficinas” (China) de Johnnie To (muy buena) y otras tantas…
Me salí a los quince minutos de “Tiempo de verano” (Francia) de Catherine Corsini.
En la sección “Conversando”, se podía compartir con Julianne Moore y Salma Hayek. Presentaron, al aire libre, “Vértigo” de Alfred Hitchcock con la Orquesta Sinfónica de Toronto y la nueva versión, sin cortes, de “Rocco y sus hermanos”, de Luchino Visconti.
