Entrevista realizada a Bernardo Rotundo, presidente del Circuito Gran Cine.
Bernardo Rotundo es promotor cultural. Es fanático del séptimo arte desde que tenía cinco años de edad y desde 2001 preside el Circuito Gran Cine.
Gran Lector y padre de morochos, admite que su misión en esta vida no es otra cosa que trabajar por el arte.
¿Cómo comenzó su pasión con el cine?
Comenzó desde muy niño. Mis padres me llevaban todo el tiempo al antiguo Cine Lido, que ahora es el Centro Empresarial Lido. También íbamos todos los lunes a los autocines en Caracas, ubicados en El Cafetal, Los Ruices y Los Cortijos. Nos metíamos más de siete personas en un carro. Vi todas las películas de Walt Disney. Ahí fue donde todo comenzó.
¿Alguna vez fundó un cineclub?
Si, fundé el primer cineclub en el liceo Gustavo Herrera cuando tenía solo 14 años de edad. La primera película que proyectamos fue Sérpico, de Sydney Lumet, en formato 16 milímetros, ese celuloide más o menos delgadito que se podía proyectar en aparatos portátiles. Recuerdo que pagaba 25 bolívares por el alquiler de dos latas en la distribuidora Blanco y Travieso, hoy Cinematográfica Blancica.
¿Entonces podemos decir que usted es un promotor cultural por naturaleza?
A los 15 años ya participaba en cines y foros para promover el buen cine. Más tarde en la Universidad Central de Venezuela, seguí haciendo proyecciones en las salas de la Facultad de Ciencias y la Escuela de Comunicación Social. Ya proyectábamos en 35 milímetros.
Luego, al finalizar sus estudios, estuvo 17 años trabajando en la Sala Margot Benacerraf. Háblenos de esa experiencia.
Era 1987. Me incorporé de inmediato una vez me gradué de comunicador social. Yo fui uno de los fundadores de la sala, que a su vez estuvo dirigida por María Elena Ascanio. Hacíamos talleres, foros, y pronto nos convertimos en un espacio de promoción cultural. En ese momento las salas tenía un control de precio de los boletos, era mínimo, no se podía aumentar y eso deterioró los espacios. Casi nadie iba al cine hasta que apareció la sala Margot Bencaerraf. Fue como un oasis para Caracas.
Y desde entonces no ha parado de trabajar para el cine…
Fue en la sala cuando comencé a dedicar ocho horas diarias al cine y desde entonces no hago otra cosa sino trabajar por el él. Desde el Circuito Gran Cine mis objetivos son propiciar la diversidad cultural, consolidar la industria del cine venezolano y que tengamos una cartelera cada vez mejor.
¿Trabajar por la cultura ha sido un camino lleno de satisfacciones o también de altos y bajos?
Para mí ha sido un placer: Hago lo que me gusta, pero entiendo que en la vida no todo es color de rosa. Organizar una institución como Gran Cine requiere de disciplina. A veces la gente cree que trabajar por él significa estar lleno de glamour, ir de fiesta en fiesta, y no es así. Cuando organizamos un festival tenemos tanto trabajo que a veces ni podemos ver todas las películas.
Pero también hay tiempo para el hogar y para criar a sus dos hijos. ¿Cómo es ese tiempo en familia?
En mi tiempo libre me gusta concentrarme solo en mis hijos. Su madre está vinculada a la fotografía y los ponemos a leer mucho. Les gusta mucho el cine, aunque no quiero influenciarlos. Yo respetaré su vocación, sea cual sea.



