En Venezuela, cuando uno quiere ir al cine, pocas son las opciones si no quiere dejar pegada la quincena y el pellejo en el intento: en las salas comerciales, especialmente las correspondientes a Cines Unidos y Cinex, las entradas superan los doscientos bolívares, las cotufas superan los trescientos, y las bebidas son otro realero absurdo. Aun así, lléguese usted a cualquier sucursal de esas cadenas, cualquier día, y verá las inmensas colas de gente por aquí y por allá, y de esas colas nadie se queja ni un poquito.
Sucede que hasta hace poco ambas compañías en cuestión formaban parte de una red llamada Circuito Gran Cine, que promovía la difusión no excluyente de películas mucho menos taquilleras pero mucho más ricas en contenido artístico y conceptual que las que acostumbramos a ver en las grandes marquesinas. Películas independientes, o provenientes de diversos países, que mucho favorecían al usuario aburrido de someterse constantemente a los refritos, la violencia, la cursilería y los antivalores jolibudenses.
Ya la cosa no es así. Recientemente Cinex y Cines Unidos decidieron separarse del Circuito Gran Cine por éste último estar discutiendo una reforma sobre la ley de cines avocada a “promover la diversidad cultural y la oferta plural” de largometrajes. No faltará en cualquier momento el usuario disociado que se atreva a encasquetarle al rrégimen la culpa de semejante mamarrachada por parte de las dos cadenas de cines más grandes del país, que controlan, según cifras del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, el 75% de las salas de cine de Venezuela.
¿Qué de malo tiene diversificar la oferta? ¿Por qué limitar a los usuarios de nuestras salas de cine a ver exclusivamente las películas que la hegemonía cultural jolibudense nos indica? Toca fortalecer, entonces, nuestras salas y nuestra cinemateca. La pelea es ahora.
malurengifo@gmail.com Caracas
