Segunda entrega del texto de nuestro amigo y colaborador Luis Sedgwick Báez sobre lo visto en la recién edición de uno de los más importantes eventos cinematográficos del continente americano.
Por Luis Sedgwick Báez
Fue la sensación en Cannes pero no obtuvo ningún galardón ante la consternación colectiva pero la FIPRESCI le otorgó el premio como mejor film y los miembros de ese organismo lo eligieron como el mejor film de 2016. Cuando llegué a la sala no había asiento disponible pero conseguí uno en el balcón después de haber hecho cola por más de una hora. La espera dio frutos. Estupendamente bien actuada y dirigida por Maren Ade, Toni Erdman (Alemania) es el seudónimo de un profesor de primaria jubilado que cuando quiere echar bromas se pone un peluquín y una dentadura postiza. Su hija (Sandra Huller, espléndida) está casada con su profesión, apenas ve al padre cuando viaja a Alemania desde Bucarest, donde trabaja para una multinacional. Un día, su padre se presenta de incógnito en Bucarest, con su alter ego como identidad, la sigue por todas partes, la acompaña en sus sesiones de trabajo, logra convencer a todos de sus proyectos pero en el fondo lo que el padre busca es inculcar a su hija que la vida pasa, que no podemos estar haciendo cosas como zombies, que es preciso vivir el momento, el eterno “carpe diem”, pero con sentimiento y humanidad. (Nota: Esta cinta es la selección alemana para el Oscar).
Oliver Stone ha sido un personaje controversial, tanto como persona como cineasta. Snowden (EEUU) es su mejor film en mucho tiempo. Sin asumir una posición moral frente a Edward Snowden (Joseph Gordon-Levitt) de que si fue un traidor o un patriota pues no es mi labor en estas circunstancias, me atendré solamente a reseñar, grosso modo, el film en cuestión. Vemos al genio de la computación desde 2004 hasta 2013 cuando ingresa al ejército que tuvo que abandonar por una rotura de su pierna, luego entra a la C.I.A. y finalmente a la N.S.A. En ningún momento el film decae en su narración, Snowden va comprendiendo cada vez más la invasión de su gobierno en la vida privada del ciudadano, que lo afecta sobremanera y decide renunciar y entregar toda la documentación a un periódico inglés. “Los americanos no les gusta la libertad, lo que les interesa es la seguridad y lo secreto es seguridad”, dice uno de los oficiales de la N.S.A. Con un aire del Snowden de la vida real, Gordon-Levitt exuda carisma y presencia convincentes en un papel de alta complejidad sicológica y cerebral.
Cenizas y diamantes de Andrej Wajda aparece en mi lista de los mejores films que he visto. Ya nonagenario (y mientras esto escribo me entero de su fallecimiento), este maestro polaco asoma aún combativo y alerta ante la contemporaneidad polaca. Su último opus, su testamento, Después de la imagen (Powidoki, Polonia) se concentra en Wladyslaw Strzeminski (Boguslaw Linda, gran actor), un pintor de vanguardia, intelectual, que publicó un libro seminal “La teoría de la visión”, que convulsionó al mundo artístico de la época. Frecuentó a los notables pero al instalarse el comunismo en su país y mostrarse en oposición fue marginado, perdiendo su cátedra en la universidad, se le negó su pensión, incluso se le retiró su carnet de alimentación y de artista no pudiendo comprar sus implementos de pintura. Carecía de un brazo y de una pierna que los perdió en la Primera Guerra Mundial. Un film vital donde la integridad del personaje avasalla todo obstáculo sin rendición. (Seleccionada por Polonia para los Oscar)
He seguido la trayectoria de Terrence Malick desde sus comienzos: una de las voces más relevantes y originales en el cine. Una amiga mía, con criterio cinematográfico lo considera pretencioso. No estoy de acuerdo. Sigo siendo amigo de ella. No podía perderme su última obra y ¿el resultado? El mejor film que he visto durante 2016. Viaje en el tiempo: el viaje de la vida (Voyage of Time: Life’s Journey, EEUU) comienza con una voz de mujer (Cate Blanchett) que se dirige a su madre en un tiempo “antes de la luz y de la oscuridad, antes de la nada”. El film es prácticamente un documental, una yuxtaposición de imágenes, todas ellas alucinantes en su belleza, de cómo Malick concibe la creación del mundo, su posterior aparición de la vida y la subsiguiente relación con una Naturaleza (con mayúscula) imponente, violenta e impersonal, la interrogante ante la presencia (y ausencia de Dios). Admirablemente editada, Malick nos acerca un film poético en su narración y en las imágenes, y filosófico por la concepción y cuestionamiento del por qué estamos aquí. De cuando en vez aparecen escenas de mendigos, indigentes revolviendo basureros, ritos religiosos que parten de una realidad y de manifestaciones poéticas. (Existe otra versión del film más larga y narrada por Brad Pitt).
Los dizque cinéfilos (de la prensa o de la industria) o los encargados de enviar ipso facto los comentarios de tal o cual film entran a las salas y se salen a los 10 minutos, como el caso de una conocida mía de Boston que se sentó al lado mío y literalmente se salió a los 2 minutos de comenzar Anatomía de la violencia (Anatomy of Violence, India), de Deepa Metha, y que después me la encontré en Cuerpos extranos (Corps étranger, Francia/Tunez), de Raja Amari, film irregular por un guion inconsistente pero que se sostiene por la presencia, siempre luminosa, de Hiam Abbass. Al preguntarle del por qué se salió de la sala me respondió: “Al comenzar un film ya sé cómo va a ser”. En el film de la Amari se quedó hasta el final.
Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, Reino Unido), de Ken Loach, obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Loach recalca, una y otra vez, la mirada realista a un sector de la sociedad marginada y desposeída por mil razones. Aquí, un carpintero (Dave Johns) que tras un infarto tuvo que abandonar su trabajo y a solicitar una pensión como discapacitado, enfrentando luego a un estado kafkiano en su burocracia y obligado a manejar el mundo cibernético fuera de su alcance y conocimiento. El final es previsible pero Loach le otorga un enfoque compasivo y solidario. Es un film que tiene la aprobación del público.
Con el tiempo, Brillante Mendoza (¡es un hombre!) se ha convertido, por motu propio, en un favorito de los festivales y de los circuitos de arte y ensayo. En Cannes, Jaclyn Jose recibió el premio como mejor actriz en Ma Rosa (Filipinas) como una traficante de drogas, con un esposo en el mismo negocio que se inyecta detrás de una cortina improvisada de su rancho que funge como casa y venta de chucherías. Sus tres hijos conviven allí bajo el mismo techo. Mendoza es un astuto observador de la marginalidad cotidiana de Manila y de la corrupción flagrante (quizás demasiado obvia y exagerada en el film) de los policías que practican redadas a los delincuentes de la ley exigiéndoles después que se bajen de la mula para dejarlos en libertad. (Ma Rosa es la candidata de Filipinas a los Oscar)
Me fue imposible ver Jackie (Reino Unido), de Pablo Larraín, ni siquiera en la función adicional que pusieron pues la cola era aún mayor, pero sí pude entrar a ver Animales nocturnos (Nocturnal Animals, EEUU), de Tom Ford, que ganó el segundo premio en Venecia. De una estética exquisita (no en vano Ford es un reconocido modisto), los actores, todos de buena presencia, elegantemente vestidos, viviendo en fabulosas mansiones, aparece Amy Adams como una exitosa directora de una galería de arte en Los Ángeles, casada con un financista que le es infiel cuando de repente recibe un sobre de su exmarido (Jake Gylenhaal) con una novela escrita por él. El film juega en dos tiempos, el tiempo real y el tiempo de los personajes de la novela (un marido, su esposa e hija que son secuestrados en la carretera por tres sádicos y finalmente ellas violadas y cruelmente asesinadas). Un film importante por la puesta en escena, actuada acorde y con la sombra de la violencia al acecho en cada momento de la vida del americano.
No podía dejar de lado La mujer que se fue (Ang babaeng humayo, Filipinas), de Lav Diaz, que logró el León de Oro en Venecia. La sala estaba media vacía cuando entré y al cabo de 4 horas quedamos unos pocos gatos. El film es un prodigio de dirección. Una mujer (Charo Santos-Concio), después de 30 años en una cárcel/reformatorio es finalmente liberada pues fue injustamente acusada de un crimen que no cometió. Al salir se encuentra con un entorno desconocido e irreconocible. Busca a su hija pero su interés es ratificar la venganza contra su exnovio (ahora un poderoso mafioso), causante de esta tragedia, aunque el perdón también entra en su consideración. En el trayecto entabla amistad con un jorobado y con un transformista que jugará un papel importante en su vida. Sigue también en la búsqueda de su hijo desaparecido en la capital, Manila. Un film compasivo, una meditación sobre la ausencia de Dios, sobre la discrepancia e injusticia entre pobres y ricos y sobre la corrupción pululante en su país (como en el film de Brillante Mendoza).
El TIFF inauguró con Los siete magníficos (The Magnificent Seven, EEUU) de Antoine Fuqua. Lamenté no poder ver Fuego en el agua (Fuocoammare, Italia), de Gianfranco Rossi, un documental sobre los refugiados en la isla de Lampedusa y que obtuvo el Oso de Oro en Berlin (Selección de Italia a los Oscar). Marco Bellochio, Hirokazu Kore-Eda, Pablo Larrain (trajo 2 Jackie y Neruda), Xavier Dolan, Andrea Arnold, Kenneth Lorrigan, Thomas Vinterberg, James Franco, J.A. Bayona, Werner Herzog, entre muchísimos otros, trajeron sus últimas obras. Ewan McGregor se estrenó como director en Pastoral Americana (American Pastoral), basado en un libro de Philip Roth. La esposa de Francis Ford Coppola, Eleanor, asomó con Paris puede esperar (Paris Can Wait), con Alec Baldwin y Diane Lane, que me la recomendaron con ahínco, no la pude ver, ¡no se puede ver todo!
David Oyelowo está magnífico en Una Gran Bretana (A United Kingdom, Reino Unido), de Amma Asante, como el príncipe tribal de Bechuanaland (hoy Bostwana) y luego como su primer presidente, y Sonia Braga (debería de haber ganado en Cannes como mejor actriz, hubo mucha competencia) en Aquarius (Brasil), de Kleber Mendonca Filho, como una viuda, sobreviviente de cáncer, que se enfrenta a unos constructores que la quieren desalojar de su apartamento para construir un condominio de lujo. El TIFF no es competitivo, pero otorgan el premio del público (La La Land ganó) y premios a los films canadienses.



