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'Araya', la hazaña del cine venezolano en Cannes
'Araya', la hazaña del cine venezolano en Cannes

A seis décadas de la premiación de "Araya" en la Costa Azul, su directora Margot Benacerraf recuerda lo que motivó aquella cinta, cómo fue su producción y el hito que marcó en su carrera y la historia del cine local

 

 

Año 1959. En Venezuela, Rómulo Betancourt asumía la presidencia después de ganar los comicios del 7 de diciembre de 1958. De esta manera se convertía en el primer Presidente de la inaugurada era democrática, tras la salida del poder de Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958.

 

En Francia, el Festival de Cannes anunciaba su palmarés el 15 de mayo: la ganadora de la Palma de Oro como Mejor película fue Orfeu Negro de Marcel Camus. François Truffaut fue premiado como Mejor director por Los 400 golpes, cinta que fue merecedora además del Premio OCIC. Nazarin de Luis Buñuel mereció el Premio Internacional. Y Araya, de la caraqueña Margot Benacerraf, resultó aclamada por los especialistas que le otorgaron el Gran Premio de la Crítica Internacional (Fipresci), ex-aequo con Hiroshima mon amour (Alain Resnais), y el Premio de la Comisión Superior Técnica, “por el estilo fotográfico de las imágenes que realza la calidad del ambiente sonoro”.

 

En una época en la que no existía apoyo oficial para la realización cinematográfica, ni un organismo rector del cine, mucho menos una tradición venezolana de mujeres haciendo películas, Margot Benacerraf se abre paso en Europa y sorprende a muchos en el certamen francés, con una pieza catalogada como poesía. “Han pasado 60 años y no ha habido manera de que la gente entienda que Araya no es un documental sino una narración poética, así la aceptaron en Cannes… Yo no tengo nada en contra del documental, siempre lo he defendido, pero un documental es un género que te limita en cierta manera, y Araya es un intento de trascender el documental. Araya, bajo su aparente simplicidad, es una cosa muy complicada porque al mismo tiempo de convivir y de usar el neorrealismo italiano, me da libertad como directora”, comenta la cineasta y gestora cultural, nacida en 1926.

 

Ya Benacerraf, de ascendencia judío sefardí, había comenzado a abrir puertas en el ámbito internacional con su documental Reverón (1952), que alcanza gran éxito en el Festival de Berlín (junio 1953) y en el Festival de Edimburgo (agosto 1953); es proyectado en la Cinemateca Francesa y en la Cinemateca Belga del Palacio de Bellas Artes de Bruselas; y fue seleccionado en noviembre de 1953 por la Asociación Francesa de la Crítica de Cine y Televisión para la apertura de la Sala de Cine de Arte y Ensayo del Studio de Etoile en París, con emisiones especiales en la televisión francesa y alemana.

 

Araya llega a última hora a Cannes y deja boquiabiertos a muchos, logrando la aprobación unánime de la crítica internacional. “En 1959 estábamos en los trabajos de posproducción (sincronización, montaje), y un productor francés se entusiasmó tanto con la película que me dijo que quería ser coproductor. Entonces él habló de Araya en el Festival de Cannes, donde era muy difícil entrar, y le dijeron que si la película estaba lista y hablada o subtitulada al francés lo someterían a una votación en una especie de junta de selección. Primero hubo muchas dudas, porque era una película venezolana, un país lejanísimo para ellos, que no tenía actores conocidos, en fin, hubo un primer momento de dificultad, pero cuando vieron la película lo único que le faltaba era el texto y yo lo hice de una vez con Laurent Terzieff, que es un actor francés que de una vez hizo la grabación… Imagínate lo que fue la sorpresa cuando faltaban dos días para cerrar el Festival y la prensa comienza a decir que la aparición de Araya había cambiado todo y le otorgaron el premio máximo. La gente estaba conmocionada”, recuerda Benacerraf.

 

En efecto, fueron muchas las reacciones positivas que generó la cineasta que llegó a ser considerada como representante en Latinoamérica de la llamada Nouvelle Vague, que en Europa encabezaban realizadores como Claude Chabrol, Jean-Luc Godard y François Truffaut. “(Araya) Es el primer largometraje de Margot Benacerraf, una cineasta de unos 30 años que estudió en París y nos demuestra que la Nueva Ola de la cual se habla tanto ha llegado también a América del Sur”, reseñó Ugo Casiraghi de L’Unita-Italia. “La belleza de las imágenes de Araya, la lentitud concentrada de su desarrollo y la sensibilidad de la música de Guy Bernard, hacen de este fresco compuesto como un homenaje y como una requisitoria, una obra de gran calidad”, escribió Henry Magnan en Les Spectacles de Paris. “Tarde o temprano –estoy seguro de ello– Araya se impondrá como una gran obra al público que ama y comprende el cine”, señaló Georges Sadoul, en Les Lettres Françaises. “Araya es un largo poema sobre la sal, su trabajo, y el esfuerzo… Sus imágenes son de una belleza trágica”, publicó Libération.

 

El mismísimo Rómulo Betancourt llegó a enviarle una carta a Benacerraf donde escribía: “Reciba mi felicitación de venezolano y de Presidente de la República por el justo éxito alcanzado en el reciente Festival al presentar ese patético documento de la existencia venezolana que por su austera veracidad, no exenta de pura belleza, supo impresionar a públicos tan exigentes. Sinceramente creo que obras como la suya constituyen una evidente y positiva propaganda para la comprensión de nuestro país en la esfera internacional”.

 

Un cuento de Navidad

Margot Benacerraf produciría con Miguel Otero Silva la versión cinematográfica de "Casas Muertas" (1955). Iba a viajar incluso a México a buscar una coproducción pero el autor decide iniciar lo que sería su tercera novela, "Oficina Nro. 1".  “Yo tenía muchas ganas de trabajar y dije, ‘Mientras Miguel hace su investigación, yo voy a buscar otro tema’. Y se me ocurrió una cosa que se llamaba el Tríptico de Navidad, que eran tres cuentos en la época de Navidad en tres zonas de Venezuela, los llanos, los andes y la costa. Me faltaba el ambiente de la costa, pero yo no quería filmar en un lugar con palmeras y sol, y empecé a buscar otro lugar. Un día vi una revista donde veían unas pirámides de sal que me impresionaron mucho, le preguntaba a la gente y nadie sabía, hasta que por fin averigüé, y tenía que irme a Cumaná para llegar. Me dijeron, ‘Esperas un ferry que lleva comida, plátanos y cosas. No se sabe qué día llega’. Así que me fui a Araya en el ferry una tarde, luego de dos días de espera. Cuando llegué era la hora en la que el sol está más bajo: se reflejaban las murallas del castillo, ¡era impresionante!”, narra la artista, al tiempo que sus ojos parecen reflejar de nuevo el dorado sobre las ruinas del otrora fortín que resguardaba la salina, en aquel ambiente desolado e inhóspito.

 

“Un día, unos hombres desembarcaron sobre estas tierras áridas, donde nada crecía, donde todo era desolación, viento y sol. Llamaron a estas tierras, Araya”, narra José Ignacio Cabrujas al inicio de la película en su versión al castellano. Imágenes y música ubican al espectador en un ambiente casi onírico y primigenio, donde aparece una verdad que poco a poco se va develando. Araya es la metáfora de la realidad suramericana donde la mano del hombre, la del conquistador y la del nativo, transforma el paisaje, para mal o para bien, en busca del beneficio personal.

 

La realizadora elige personajes de la península, miembros de tres familias, salineros y pescadores, de pueblos distintos, Manicuare, Araya y El Rincón. Durante un día, retrata la cotidianidad de aquellas personas, convirtiendo en arte la sencillez de aquellas vidas. Son especialmente bellas las secuencias en las que los salineros construyen las pirámides, el proceso de salado del pescado con los movimientos acompasados de los hombres pulverizando la sal con palos, o la escena de la abuela con su nieta llevando caracoles (en lugar de flores) al cementerio local.

 

Margot Benacerraf consultó a finales de 1957 toda la documentación histórica que existe en los llamados Archivos de Indias de Sevilla, Madrid y Ámsterdam, sobre las salinas de Araya, y estudió cuidadosamente el medio ambiente y el modo de vida de los habitantes de aquella vieja salina situada en una península del noreste de Venezuela, que a cinco siglos de su ocupación por los españoles seguía siendo explotada a mano. “Yo tuve la suerte de filmar a caballo entre 1500, como si hubiese llegado con la Conquista, pasar por un trabajo manual y una cotidianidad que tuvo 500 años repitiéndose, con una vida muy básica, pero muy especial, hasta llegar a las máquinas que industrializan esa zona de Venezuela, pero no se ocupan del factor humano”, dice la cineasta.

 

Gestos de la sal. / Noria de la sal del tiempo que no se detienen jamás. / Oro blanco del mar. / Sal lavada con el sudor de los hombres. / Sal de los salineros. / Duro cristal del viento.”, reza el guion de la película al tiempo que muestra las coreografías de los hombres levantando las imponentes pirámides de sal.

 

Araya deja grandes satisfacciones a Margot Benacerraf, pero también una enfermedad que no le permitió disfrutar plenamente de las mieles del éxito. Diagnosticada con dengue, la cineasta culminó la película con fiebre, y luego, convaleciente, tuvo que mantenerse al menos un año apartada de las ofertas que surgieron a raíz del premio en Cannes. Los avasallantes tiempos de la industria cinematográfica no le permitieron concretar muchas de las propuestas que aparecieron. Además, hacia 1965, recibe una oferta que la arranca de una carrera cinematográfica en Europa para abrirle una brecha en Venezuela como gerente cultural.

 

Gran amiga de Mariano Picón Salas, recibió un telegrama de fecha 1 de enero de 1965, a las 11 de la noche, en el que era invitada a participar en el naciente Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba) junto a otros creadores como Miguel Otero Silva y Alejandro Otero. “Yo estaba instalada en París, tenía como siete años allá, y verdaderamente pensé en no aceptar: en Venezuela no se podía hacer cine, cada vez que se hacía una película quedabas agotado, era un país que no te ofrecía nada, no había estímulo alguno. El primero o dos de enero de 1965, apenas abrió la Embajada en París, yo pedí hablar con Don Mariano, y me dice Juan Oropesa que Don Mariano había muerto a las 12 de la noche de aquel 1 de enero de 1965, así que lo único que él hizo ese día fue mandarme a pedir que lo ayudara. Como tú comprenderás, fue una emoción muy grande porque yo le estaba escribiendo que no iba a venir, que empezaba otra vida y, claro, aquella noticia me puso en un dilema”, rememora Benacerraf, quien se propuso venir a Venezuela por un año, y resulta que hasta el día de hoy se mantiene en el país trabajando en la gestión cultural.

 

Dice no arrepentirse de lo que ha logrado: creó la Cinemateca Nacional, implementó el Plan Piloto Amazonas y creó la Escuela de Cine, además de su labor en el Ateneo de Caracas. No obstante, lamenta no haber dedicado más tiempo a su gran pasión. “Quizás después de cierto tiempo yo debí dejar la promoción cultural y volver al cine. Cuando te pones a fundar cosas tienes que establecerlas, ponerlas a andar, y eso no es un solo día”, confiesa, al tiempo que vuelve a Araya, la película y la península.

 

“He ido muchas veces a verlos, ha quedado una ligazón con ellos. Ha cambiado mucho. Está muy mal. Ahora ves a una persona que aprieta el botón de una máquina mientras los otros están en un botiquín (bar). La familia se disolvió, uno se fue a Margarita, otro a La Guaira. Por eso la pregunta final de la película y desgraciadamente creo que ha sido así. No es que la industrialización le trajo una vida distinta a Araya, que sigue siendo estéril, seca, no hay flores…”

 

(Explosión) De pronto, en la tierra desolada, en la antigua Araya, 450 años se ponen frente a frente. ¿La pena de los hombres va a desaparecer? ¿El mundo antiguo podrá cambiar? ¿Las máquinas podrán, en fin, reemplazar los brazos de Benito, de Beltrán y Fortunato, y construir las pirámides? ¿Son estas las últimas maras? ¿Es este el fin de la ronda de la sal?”, finaliza la película con tomas de maquinaria pesada excavando, triturando, transportando, el oro blanco del mar.

 

El fallecido Pablo Antillano llegó a escribir sobre Margot Benacerraf y su Araya: “El contacto directo con los salineros y los pescadores, el conocimiento a fondo de su ciclo económico, de sus gestos cotidianos, de la complejidad de su vida, le permitieron adelantarse en el método, en las formas y en las conclusiones. El resultado es una película con sentido político, sin esquematismos, que pareciera haber sido realizada en la actualidad, después de toda esa larga experiencia de los años 60 que nos ha traído al sitio donde estamos. Sin embargo Araya fue filmada en 1957 y montada en 1958. Llamémosle sensibilidad de anticipación”.

 

A la pregunta de si habría poesía en la Araya de hoy, Margot Benacerraf combina un “no lo sé”, con una mirada que se pierde entre nostalgia y anhelo. Araya, la película, es definitivamente poesía, pero también hazaña, en la carrera de la cineasta, y en la historia del cine venezolano.

 

Eventos conmemorativos

Para celebrar los 60 años del triunfo de Araya en Cannes se ha preparado en Trasnocho Cultural una proyección especial de la cinta este 15 de mayo, a las 3 pm. En el ciclo Clásicos Trasnocho, también se presentará el documental de Jonathan Reverón, Madame Cinéma, como un tributo a Margot Benacerraf.

 

El pasado 22, 23 y 24 de abril se realizaron proyecciones de Araya, Reverón y Madame Cinéma en la Sala Iberia de la Casa América de Madrid. El jueves 25 de abril, se estrenó en Francia, Madame Cinéma, en la Casa de America Latina de París. Barcelona cerró el homenaje con un dúo de proyecciones de Araya y Reverón el pasado 2 de mayo y con Madame Cinéma el 3 de mayo en la sala Laya de la Filmoteca de Catalunya, en colaboración con Casa América de Catalunya.

 

Como parte de este aniversario en la Fundación Audiovisual Margot Benacerraf también está organizando proyecciones especiales en la Cinemateca Nacional.